=El combate de Top Malo House =La batalla =Cruz al Heroico Valor en Combate =A través de los cerros =Otras operaciones en ambos bandos =La tensa conversación entre Reagan y Thatcher =Comunicados del Estado Mayor Conjunto =Comunicados de Gran Bretaña

El grupo 42 de Comandos británico, se establece en Mte. Kent. 2 Skyhawk argentinos derribados. Termina de hundirse el Atlantic Conveyor, alcanzado el 25 de Mayo por un misil Exocet.
El combate de Top Malo House

Luego del desembarco de las tropas británicas en San Carlos comenzó una serie de misiones en las que se transportaba periódicamente comandos argentinos hacia distintos puntos de la isla Soledad. Estos vuelos comenzaron el 22 de mayo y continuaron hasta el 29. Así quedaron cubiertas las alturas de Monte Low, Eagle Hill, Monte Brisbane, Monte Indian, Bombilla Hill, Big Mountain, Monte Simon, Uantioja Corner, Salvador Hill, Monte Smoko y alturas del río Murrell, distantes entre sí entre 20 y 30 km y alejados entre 80 y 100 kilómetros de Puerto Argentino.
La Compañía de Comandos 601 despliega sus dos patrullas de combate en Puerto Argentino inicialmente bajo el mando del comandante de la 3a Brigada, General Omar Edgardo Parada y poco más tarde bajo el de la 10a Brigada que comanda el General Oscar Luis Jofré, en misión de observación, armados con misiles Blowpipe en la línea de las alturas Big Mountain, Monte Simon y Chata Hill, más allá de las avanzadas del Regimientos de Infantería 4 y 12 que defienden Darwin-Goose Green y el cordón de los montes Challenger y Kent.

Al oscurecer el 27 mayo, los cuatro hombres de la patrulla británica del sargento Stone informaron sobre dos helicópteros argentinos sobrevolando su puesto en Bull Hill y se preparan para combatir. Para el alivio de ellos, los helicópteros pronto cambiaron dirección y volaron rumbo a Big Mountain. El sargento Stone informa a su mando que los helicópteros habían seguramente depositado comandos argentinos en Monte Simon.
El mensaje enviado a la Brigada de Comandos 3 alertó a la Plana Mayor de la amenaza de las patrullas argentinas plantados en las alturas que dominaban la ruta de marcha británica hacia Teal Inlet y más allá. Sería la tarea del Capitán Rod Boswell y su unidad en eliminar las patrullas argentinas comenzando con la depositada en Top Malo House.
Ese mismo día, el Capitán Boswell recibió otro mensaje de la patrulla del Teniente Fraser Haddow diciendo que

acababan de ver a dos helicópteros depositando una patrulla compuesta de dieciséis hombres cerca de Top Malo House, la casa de un pastor de ovejas abandonada a sólo 400 metros de su posición. También dijeron haber escuchado varios otros helicópteros en las proximidades.
En la mañana del 30 de mayo, tras una noche nevada, dos helicópteros depositando una patrulla compuesta de dieciséis hombres cerca de Top Malo House que, si bien estaba a 25 kilómetros en sentido sur a la capital malvinense,

era donde se encontraba el pelotón de ingenieros de combate del Teniente Darío Horacio Blanco.
Con sus hombres mojados hasta la cintura tras haber cruzado el arroyo Malo y previendo otra noche helada, Vercesi debió tomar una riesgosa decisión, pasar la noche a la intemperie, arriesgando su gente al congelamiento o hacer un alto en Top Malo House, un galpón de madera y chapas que tenía dos plantas.
Admito que fue un error guarecernos allí, pero había condicionamientos: era eso o arriesgarme a perder la mitad de mi gente, que tenía principio de congelamiento en los pies, dice ex Teniente Coronel Vercesi.
Abordaron la casa con técnicas apropiadas para el caso, en previsión de que estuviera ocupada por el enemigo. Nuestra sección se dividió en dos grupos: uno ocupó el piso superior y el otro, la planta baja.
Ni bien estuvo adentro, el sargento primero Mateo A. Sbert dejó sobre el piso la MAG de 12 kilogramos que cargaba sobre los hombros y el sargento primero Miguel Ángel Castillo hizo lo propio con el lanzacohetes Instalaza y las municiones.
Estaban todos exhaustos, congelados y empapados, por lo que se quitaron la ropa y la pusieron a secar. El teniente primero Losito encontró un par de zapatos y se los puso, dejando sus borceguíes a un lado.
Demostrando una falta de criterio desconcertante, Vercesi solo apostó guardias en el interior del edificio porque afuera el

clima parecía de otro mundo, con la temperatura superando los 12 grados bajo cero y una fuerte ventisca que cortaba la piel. Con el fin de amortiguar la escasa luz generada por unas velas, mandó colocar mantas en las ventanas y cuando todo estuvo listo, se sentaron a racionar.
El sargento primero Helguero conocía la finca por haber estado allí antes; todo estaba igual, cada cosa en su sitio, sin señales de haber sido movidas, prueba fehaciente de que la granja se hallaba deshabitada.
Ni bien terminaron de alimentarse, los efectivos se distribuyeron en las dos plantas de la vivienda y se dispusieron a descansar ignorando que en pocas horas entablarían uno de los combates más renombrados de todo el conflicto.

A los comandos británicos les fue dada la misión de eliminar la patrulla argentina después de una inserción en helicópteros temprano en la mañana del 31 de mayo, aterrizando en terreno plano a unos 1.000 metros (1.100 yardas) de distancia de la casa.
La batalla
Los comandos argentinos despertaron muy temprano ese día 31 de Mayo, aún oscuro.
¡Estaban nuevamente sin frío después de haber dormido secos, recuperados físicamente; y mientras desayunaban con chocolate caliente y galletitas, ¡comentaron lo que hubieran sufrido de haber permanecido en Monte Simons!
Concluido el refrigerio todos comenzaron a alistar sus equipos, ya con buen ánimo para soportar otra jornada de marcha.
Eran las ocho y empezaba a clarear.
En ese momento oyeron ruido de helicóptero.
Algunos especularon en un rescate anticipado: no estaban muy lejos de la capital era el día señalado el tercero de su misión- para ser recuperados, y la zona era la probable. No era creíble que se tratara de un aparato británico; pero alguien acotó que los argentinos no volaban sin luz.
Pasó cerca, a unos cuatrocientos metros, y el sargento primero Pedrozo observó:
–Me pareció ver que no tiene la franja amarilla.

A causa de la bruma poco se distinguía, ni aun recurriendo a los visores nocturnos, y sólo se oían los motores que al rato cesaron.
Reinaba incertidumbre, pero se aceleraron los preparativos para abandonar el edificio.
Los elementos del M. and A. W Cadre (Cuadro de guerra para la Montaña y el Artico) descendieron del helicóptero a mil metros de la posición argentina.
El capitán Vercesi, ya con su correaje colocado, aunque sin la mochila puesta, se hallaba en la cocina, y echando rodilla en tierra, intentó comunicarse por radio.
En el segundo piso el teniente Espinosa recorría el horizonte con la mira telescópica de su fusil. De pronto exclamo:

–¡Me parece que hay gente que viene avanzando!
–No, mi teniente – opinó el sargento primero Helguero-, deben ser ovejas, que hay muchas por acá.
Un lúgubre presentimiento dominó a Vercesi.
A su lado se hallaba el Sargento primero Sbert, a quien mucho apreciaba por haber compartido varios destinos anteriores y, ante la extrañeza de este, le tendió la mano:
–¡Suerte, Turco!
El capitán Boswell colocó a los siete hombres de su grupo de apoyo comandado por el teniente Murray a ciento cincuenta metros de la casa,

mientras con los doce del grupo de asalto la contorneó hacia el sur-este, protegido por una elevación. “Como son tropas especiales”, pensaba, seguramente tienen centinelas afuera”.
El Sargento McLean, del grupo de apoyo, se aproximó a Boswell para transmitirle una sugerencia del teniente Murray: con pedazos de turba habían moteado sus uniformes para avanzar más disimulados, por cuanto estos oscuros sobre la nieve, los anunciarían a un centinela alerta.
El capitán era consciente que el suelo por donde se movían estaba dominado por una ventana del piso superior, como un ojo que los vigilara”.
Cuando Rod Boswell consideró que estaba suficientemente cerca de casa y a la vista de su grupo de apoyo, dio orden de “calar bayonetas”.
El sargento Stone musitó: –Es un engaño: no hay nadie allí.
Ante el anuncio del teniente Espinosa del avance de hombres no identificados, el sargento primero Castillo subió la escalera: efectivamente distinguió bultos, pero sin precisar su naturaleza, pese a que ya se había levantado el sol y la claridad permitía distinguir mejor el campo.
De pronto un haz de luz resplandeció sobre una de las presuntas ovejas: un soldado británico reflejaba el sol en el anteojo de campaña con el cual quiso observar mejor la casa.
–¡Ingleses! Ahí vienen!– Fueron los instantáneos gritos que resonaron dentro.
Automáticamente el teniente primero Gatti, el radioperador, sacó sus claves e instrucciones del bolsillo y las quemó.
Todos se pusieron en movimiento para salir, Castillo gritó a Espinosa, mientras se abalanzaba hacia la escalera.
–¡Vamos mi teniente!
Este le replicó:
–¡No, yo me quedo! De acá tengo más campo de tiro!
En el mismo instante que abría el fuego, la casa tembló por la explosión de un proyectil antitanque Carl Gustav y comenzaron los disparos de ambas partes.

Los ingleses se incorporaron y avanzaron corriendo; varios de ellos utilizaban lanzacohetes descartables Law de 66 mm y fusiles lanzagranadas M-79 de 40 mm. Vibraba la estructura de la casa por los impactos sobre sus chapas exteriores, y cantidad de balas atravesaban las endebles paredes de madera.
Los Comandos argentinos no vacilaron en abandonar el edificio para luchar mejor desde el exterior. El capitán José A. Vercesi logró llegar corriendo hasta un alambrado colocado antes del arroyo, allí tomó posición de pie – no atiné a tirarme al suelo- y comenzó a hacer fuego y a recibirlo.

–Salimos entre los dos, yo te apoyo – avisó el sargento primero Omar Medina al teniente Martinez.
Al hacerlo, este último sintió que lo golpeaba fuerte en la espalda una granada caída dentro de la casa, y cayó al suelo. Comenzó a arrastrarse.
El impacto había sido en la cocina, volteando un panel sobre Medina, al que tiró aturdido contra la pared. Pero también pudo salir y quedó contra un ángulo exterior, al lado de una ventana, oyendo los disparos y gritos.
El sargento primero Castillo se precipitó escaleras abajo, y al pisar el último escalón sintió la explosión de un cohete detrás, que destrozo e incendió la escalera.

El humo comenzaba a invadirlo todo. Luego de Castillo quiso abandonar el edificio Helguero, pero una granada que explotó en la puerta, entre ambos, lo hirió en el pecho arrojándolo hacia adentro sobre Pedrozo, que venía atrás.

Una granada lanzada con fusil M-79 penetró por la ventana del piso superior, matando instantáneamente al teniente Espinosa.
El estallido aturdió a Brun y Gatti, que estaban allí: un acre olor a pólvora se sintió en forma penetrante. La llamarada, el ruido y la sensación de vacío que produjo conmocionó a los dos oficiales sobrevivientes por unos instantes.
La casa temblaba por los tiros y ya comenzaba a arder. Gatti se recobró del shock causado por la onda expansiva, tomó su fusil y fue hacia la escalera: ésta no existía, era un completo aro de fuego hasta abajo.
Sin pensarlo saltó por medio de él.

El teniente primero Brun, al tiempo que Espinosa caía hacia atrás ensangrentado, sintió una esquirla que le cortaba la frente.
Supo que la próxima explosión no lo perdonaría, e instantáneamente tomó su decisión: se zambulló a través del traga luz.
A medida que caía podía oír los balazos que pegaban contra la pared enchapada. Cayó desde una altura no menor de cinco metros, procurando cubrirse la cabeza, pero recibiendo tan fuerte golpe que quedó completamente aturdido.
A merced a su excelente estado físico y a la inmediata reacción no fue muerto en esa oportunidad. A un tremendo dolor en la frente y en la cabeza toda se sumó que no veía bien: Dios mío perdí un ojo!, Pensé en el acto, aunque la falta de visión habrá sido producida por la pólvora que le quemó la cara, o la sangre que le caía en la frente.
Los Comandos argentinos habían logrado en su mayoría abandonar Top Malo House.
La abnegación de Espinosa, que con su resistencia atrajo el fuego enemigo hacia el segundo piso, y la reacción de aquellos de salir para combatir sorprendiendo a la tropa británica, habían impedido el total aniquilamiento de la patrulla.
En forma descuidada disparando de pie con sus pistolas ametralladoras y lanzagranadas desde la cintura,

sin cubrirse, los ingleses posiblemente no tuvieron en cuenta el impulso de la sección de Comandos.
Estos avanzaron corriendo hacia el arroyo, al tiempo que tiraban con sus fusiles.
Las balas enemigas pegaban en el suelo siguiendo sus huellas.
El teniente primero Brun pudo hacer algo más de cincuenta metros hasta que cayó sentado, atontado, sintiendo un constante zumbido en su cabeza a consecuencia de su violento golpe, De pronto vio venir derecho hacia él una granada: en forma instintiva la alejó con su mano al llegar, al tiempo que tornaba la cabeza.
La granada explotó muy cerca, cubriéndole de esquirlas la espalda, y averiando su fusil. Brun sacó la pistola e hizo fuego contra un escalón británico que divisaba, pero a los pocos disparos se le trabó. Tomó entonces una granada y la tiró, pero por la conmoción sufrida se olvidó de quitarle el seguro.
En esos momentos un tiro hizo impacto en su pantorrilla derecha.

El teniente primero Gatti también había podido salir, llegando ileso a una zanja situada doscientos metros abajo de la casa, antes de alcanzar el arroyo Malo.
Cerca del capitán Vercesi, Gatti disparaba arrodillado, mientras veía cómo la munición enemiga levantaba el barro a su alrededor.
El teniente primero Horacio Losito estaba herido: al abandonar el edificio en medio del humo que lo envolvía y las balas que lo atravesaban, dirigiéndose por la cocina hacia el porch para alcanzar el arroyo, una granada había reventado contra la pared dos metros atrás, derribándolo ensordecido y lastimado en la cabeza.
Un golpe quemante, un ardor fuerte, pero seguía dueño de sus movimientos. La sangre le caía detrás de la oreja y por la mejilla, un grupo de cuatro ingleses ubicados a no más de veinte metros lo dieron por muerto y continuaron accionando sus lanzagranadas contra la casa sin prestarle más atención.
Entonces Losito se levantó y medio agazapado vació contra ellos un cargador en automático: un soldado cayó tocado en una pierna y el resto echó cuerpo a tierra.
El oficial argentino emprendió carrera hacia el arroyo, cambiando de posición y disparando a cada rato, perseguido por los proyectiles enemigos; esperaba a cada instante un tiro en la espalda.
Era intención de Losito cruzar el curso de agua y trepar por la altura del frente -la casa estaba ubicada en una hondonada-, pero unos cuatro metros antes de alcanzar el “Malo” encontró la zanja, decidió ocuparla.
Al darse vuelta para hacer nuevos disparos, un impacto en su muslo derecho lo volteó de espaldas en la zanja. Herido dos veces, rodeado de enemigos que avanzaban haciendo fuego y sin posibilidad de reaccionar, se dio por muerto:
–¡Cristina. no voy a poder volver! -exclamó en voz alta.
El sargento primero Medina estaba resguardado en una esquina del edificio, cuando por encima de las explosiones, oyó que arriba de él se rompían vidrios y vio tirarse a un hombre: era Brun. Un soldado inglés se aproximaba gritando; le hizo fuego y lo abatió.

El suboficial enfermero Pedrozo y el sargento primero Helguero pudieron zafarse de la casa en llamas y abandonarla a través de una ventana, cayendo aturdidos por los estampidos, más luego echaron a correr.
A los quince metros Helguero se desplomó herido en el pecho. Omar Medina se dio cuenta que quedaba solo y que el enemigo estrechaba el cerco.
Con la protección que le brindaba el fuego que el sargento primero Sbert hacía, alcanzó la zanja donde sus compañeros estaban tirados, y arrodillándose comenzó a disparar:
Los británicos se aproximaban a ellos, y estaban a cincuenta metros cuando Medina pudo hacer impacto en un inglés, al cual siguió tirándole ya caído por ignorar si había muerto, De repente Medina sintió un golpe en su pierna izquierda, que no creyó herida por no sentir dolor al tiempo que una granada reventaba tras de sí matando a Sbert.
Retrocedió Medina y pudo derribar a otro soldado enemigo.
Pero la patrulla de Comandos estaba completamente aferrada.
Es indudable que la posición argentina pudo haber sido eliminada sin correr riesgo atacándola con cohetes y bombas desde el aire.
Quizá el M. and A. W Cadre haya imaginado que luego de sus primeros disparos, los refugiados en Top Malo House se rendirían y que no saldrían a combatir afuera; pues lo cierto es que permitiéndoles abandonarla sin estar rodeada por completo -comenzaron a hacerle fuego desde un flanco mientras avanzaban- los militares argentinos opusieron una enérgica resistencia que ocasionó varias bajas al equipo de Boswell.
Una “fiera y breve batalla”, la califican Hastings y Jenkins.
Con todo, por más ardoroso que fuera su ánimo, la primera sección de la Compañía 602 no tenía escapatoria. Ignoraban quienes calculaban poder replegarse cruzando el arroyo, que detrás de éste, ocultos en la elevación que lo dominaba, permanecía al acecho la patrulla del Teniente Haddow que diera aviso de la presencia de los Comandos.
El teniente Daniel Martinez se había guarecido en el cobertizo del fondo, arrastrándose en dirección al agua en medio de los proyectiles que le pasaban por encima o pegaban cerca de él, disparó contra un par de soldados que iban corriendo, obligándolos a tirarse al suelo, Martinez notó que los ingleses tenían dirigida su atención a la zanja cercana al arroyo donde sus compañeros, en línea, respondían al ataque.
Mientras tanto, un británico salió velozmente del depósito de atrás, disparándole, pero Martinez le abrió con una ráfaga de FAL y cayó a tres metros de distancia.

El fragor del combate se aumentaba por el ruido de las municiones que explotaban dentro de la casa en llamas.
El teniente primero Losito, caído sobre el extremo de lo precaria “trinchera”, había podido observar cómo Medina se movía hacia Sbert al ser éste muerto por el estallido de una granada; y sabiendo que él también iba a sucumbir, reinicio sus disparos medio agazapado como estaba, dificultosamente.
A veinte metros por la derecha avanzaban dos ingleses con sus boinas verdes, a paso ligero, disparándole con sus pistolas ametralladoras Sterling: Losito derribó a uno de ellos, un hombre grande y rubio que recibió el impacto en el estómago y cayó hacia atrás.
En la otra punta de la línea, el capitán Vercesi vio llegar a donde estaba al teniente primero Brun, cubierto de sangre de la cabeza a los pies, quien cayó a su lado.
Detrás de los tiradores británicos que avanzaban en cadena, pudo distinguir que cerca de la casa el enfermero, sargento primero Pedrozo arrodillado para cubrir a Helguero, agitaba un trapo blanco indicando que allí había un herido y que no combatía. El jefe de la sección miró a Brun “con sus heridas espectaculares” y le dijo:
–Esto no va más…
El oficial le hizo eco:
–No, no va más.
Entonces el Capitán levantó su fusil ordenando cesar la lucha. Con un setenta por ciento de bajas, no tenía sentido proseguir la briosa resistencia; sólo quedaban ilesos él mismo, Gatti y los sargentos primeros Castillo y Pedrozo.
El teniente primero Gatti lo imitó:
–¡Alto el Fuego!, ¡alto el fuego!.
Miguel Angel Castillo no se conformó, e instaba:
–¡Todavía no se entregue, mi capitán!
No muy lejos, tirado en la zanja, Losito podía observar que continuaban rebotando impactos en torno a su compañero. Posiblemente porque algunos ingleses no se habían percatado del gesto, y gritó desesperado:
–¡Gatti, cúbrase; no se rindan carajo !!!, porque nos van a matar!
–Mi teniente primero -le contestaba aquél-, no tire más que estamos totalmente rodeados.
Horacio Losito no cejó.
Dispuesto a morir peleando, se preparó para disparar al otro soldado de la pareja que se le acercara, pero ya no pudo hacerlo: la pérdida de sangre se lo impidió y se derrumbó de espaldas al pozo. Plenamente consciente todavía, pudo ver que el enemigo, un hombre bajo, morocho de bigotes, se paraba con sus piernas abiertas sobre el borde apuntándole con su pistola ametralladora. Un instante fugaz se encomendó a Dios, esperando morir rápido.
Volvió a levantar los ojos y el inglés le intimó:
–¡Up your hand!, ¡up your hand! (Arriba las manos).
Losito estaba muy débil y el inglés lo notó: dejó su ametralladora, y quitándole el fusil, tomó al oficial por la chaquetilla para sacarlo del fondo, con palabras de aliento.
–No problem. no problem, is the war (No hay cuidado, es la guerra).
Le hizo un torniquete en una pierna y le inyectó morfina de una jeringa descartable que sacó de su pecho, luego de lo cual le pintó una M en la mejilla.
Enseguida pidió auxilio para transportarlo.
Sonaban todavía algunos disparos.
El sargento primero Omar Medina, sordo por las explosiones y atento sólo a su frente, mantenía el fuego, y Gatti le grito:
–¡Medina, Gordo. dejá de tirar que nos matan a todos: ¿no ves que nos rendimos???!
Cuando el suboficial levantaba sus manos, volvió a ser alcanzado en el muslo de la misma pierna izquierda por una granada: una herida impresionante, muy grande.
Se acercó el cabo primero Valdivieso para ayudarlo y fue también alcanzado, cayendo al suelo.
El fuego cesó bruscamente, por ambos lados.
Miguel Angel Castillo no quiso correr riesgos: “Yo me quedé tirado“, me relato, “pensé que si me paraba me iban a poner fuera de combate, así que me quedé en el suelo con el fusil al costado“.
Hasta que llegaron dos tipos a mi lado: apartaron con su pie el fusil, me apuntaron, y por señas me indicaron que me levantara”.
Todos los británicos avanzaron para tomarlos.
Cada uno de los argentinos permaneció en el lugar en que se hallaba y los hombres de Boswell se apoderaron de su armamento y les hicieron quitar el correaje.
Se oían quejidos.

–Finish the war, (Terminen la guerra) -repetía el jefe británico para abortar cualquier reacción desesperada, aunque el estado de los Comandos argentinos tornaba ilusoria alguna medida más.
A distancia. Top Malo House concluía de arder.

Al concluir el combate, desde el otro lado del arroyo apareció la otra patrulla británica, gritando, que abrazó a los vencedores: La patrulla de Haddow, que había observado toda la batalla, avanzó corriendo, agitando una bandera británica como una señal para ser reconocidos.
No quisieron correr el riesgo de ser tiroteados por su propio bando en la excitación, con la adrenalina aun fluyendo”, indica el brigadier Thompson.

Comandos argentinos ya prisioneros y con la cabeza cubierta, son trasladados a un punto para permanecer en cautiverio fuertemente vigilados
Los británicos ataron las manos de sus prisioneros mientras los revisaban, y luego volvieron a soltarlos, indicándoles que recogieran a sus heridos y muertos.
Ellos también comenzaron a atender a los de uno y otro lado, juntando las armas y correaje de aquellos; algunos mantenían apuntados a los Comandos ilesos, El capitán Rod Boswell, con una libreta en la mano, pasaba lista a voces para conocer sus bajas. Éstas eran relativamente numerosas, dada la iniciativa del ataque y el armamento usado: 5 muertos y ocho heridos, Algunos hombres lloraban en torno a un cadáver que posiblemente fuera el segundo jefe del M. and A. W. Cadre.
Los Comandos argentinos en mejor estado fueron a alzar a sus compañeros.

Vercesi pasó junto a un herido inglés muy pálido, de bigote fino, alcanzado en el pecho, que se hallaba tirado en el suelo apoyado en el regazo de un camarada, quien lo saludó murmurando:
–Friends. friends. (Amigos).
Los que aparentaban estar más graves eran los tenientes primeros Brun y Losito, completamente cubiertos de sangre; el Teniente Daniel Martinez fue interrogado para saber si había sido tocado:
–No problem -contestó, ignorante del balazo que habla recibido en un pie.
En un grupo estaban reunidos Medina, Valdivieso y algo alejado Losito: se acercó Pedrozo quien se había hecho reconocer como enfermero- con su brazalete ostentando la Cruz Roja colgado de la mano, acompañado de su custodio, y controlando el pulso de Omar Medina, y dijo:
–Quedate tranquilo; no tengo nada para darte ahora; esto está coagulando bien. Acordate de soltar el torniquete para que circule la sangre.
Al suboficial lo había vendado un inglés.
Otro que se aproximó comenzó a tratarlo con un paquete de curaciones; la hemorragia hizo que el sargento primero se desmayara por un momento.
Recuperado a poco, fue el teniente Martinez para cargarlo:
–Cómo pesás! A mí no me pasó nada– le explicó, desconociendo aún haber sido también herido. Pero al llegar al lugar de reunión, Martinez, sintió un dolor “como una torcedura”; asombrado, hizo un movimiento y pudo ver que salían borbotones de sangre, según relata.
Se quitó el borceguí y la media, comprobó que había sido alcanzado en el talón por una bala de fusil M-16, sin orificio de salida, uno de los militares británicos comenzó a hablarle, Pedrozo le tradujo:
–Dice que te tapes para que no se enfríe, porque te va a doler.
Daniel Martinez volvió a calzarse, ató bien su borceguí y se hizo un torniquete, sintiendo efectivamente mucho dolor: “y pasé a ser un herido más”.
El suboficial enfermero tuvo una lúcida actuación: sin elementos, trató de contener las hemorragias y de calmar a sus compatriotas.
“Yo empecé a temblar con chuchos por la pérdida de mucha sangre y estar muy mojado”. Me refería el teniente primero Losito, “y él sacó al sargento primero Sbert que estaba muerto, su gabán de douvet y se lo colocó: se sentó en la nieve y me puso sobre su regazo, abrazándome para darme un poco de calor“, Igual procedimiento empleó el teniente primero Gatti con el sargento primero Medina.
Los prisioneros, heridos e ilesos, fueron retenidos a un costado de la casa incendiada, hasta que helicópteros vinieran a llevarlos.
El capitán Vercesi se detuvo al lado del cadáver del sargento primero Sbert, muy conmovido:
–¡Qué me has hecho. Turco!
Al teniente primero Brun lo animó el ver a Losito vivo, quien lo alentó:
–Tranquilo. Cachorro, no más.
El médico británico revisó a todos, marcando con una M sobre la frente a los inyectados: con morfina, La pierna de Medina, desgarrada y con su fractura expuesta, presentaba mal aspecto; Helguero estaba muy preocupado por su herida sobre el corazón, porque ignoraba su profundidad.
Vercesi se notaba sumamente afectado: pidió ir por el teniente Espinosa pero el capitán inglés meneó su cabeza y le dijo que era inútil.

Conmovía a todos la suerte del abnegado oficial, el joven alegre siempre hablando de sus hijitas. Mirando la casa que terminaba de quemarse, Brun murmuro:
–Espinosa está ahi adentro…
La morfina y la atención los calmaron, y comenzaron a observar a sus vencedores, pintarrajeados sus rostros y tocados con boinas verdes.

Cruz al Heroico Valor en Combate:
Teniente Ernesto Emilio Espinosa – Ca Cdos 602 (Post Mortem) – Por cubrir desde la planta alta de la granja de Top Malo House la salida y despliegue de sus compañeros, mientras eran rodeados y atacados por fuerzas especiales británicas, cayendo en combate por dicha acción bajo fuego de fusiles, granadas y cohetes enemigos.

Sargento Primero Mateo Sbert – Ca Cdos 602 (Post Mortem) – Por su valentía y heroísmo presentado en la batalla de Top Malo House frente a fuerzas especiales británicas, combatiendo aun gravemente herido, cayendo en combate bajo fuego de fusiles y granadas enemigas.

Después de la batalla el comentario del capitán Boswell al Comandante argentino fue:
“Nunca en una casa… “
La versión británica llama a este combate como “La escaramuza de la Casa de Top Malo House”, no admiten ninguna baja y solo reconocen tres heridos.
“¡No se rindan carajo!”
Por Nicolás Kasanzew

Trece comandos argentinos de la Compañía 602, exhaustos y calados hasta los huesos, han logrado guarecerse en un puesto ovejero a orillas del río Malo. Pero a la mañana son sorprendidos por los brits, que los doblan en número.
Desde el piso de arriba, en medio del fuego cruzado del enemigo y del producido dentro de la casa por los impactos, el teniente Ernesto Espinosa acribilla a los ingleses con su fusil de francotirador Mannlicher. Se le ha ordenado que salga de la ventana, pero hace caso omiso: “No, de acá puedo apoyarlos mejor”. Una certera granada de M79 le pega en el pecho y termina con su heroica vida. Pero gracias a la inmolación de Espinosa, el capitán Vercesi y el resto de los comandos, pueden salir y combatir.
Horacio Losito es el último en abandonar la casa. Apenas sale, una granada M79 explota detrás del teniente primero. Una esquirla lo hiere en la cabeza, lo arroja al suelo, y cae boca abajo, arriba del fusil. Tiene un zumbido terrible en los oídos, está sordo. Se siente quemado por dentro, totalmente aturdido, pero en unos segundos comienza a recuperar el control. Mueve las piernas, los brazos, y ve a cuatro o cinco ingleses, a unos 15 metros de distancia, que siguen disparando contra la casa con lanzagranadas M79. En un medio giro, Losito toma el fusil y abre fuego contra ellos en automático. Es que el selector de disparo en ametralladora se ha corrido en la caída, y por eso sale la ráfaga. Uno de los británicos cae y el oficial argentino aprovecha para correr hasta el río que habían cruzado el día anterior. Los disparos pican alrededor suyo en forma tan tupida, que la turba parece estar en ebullición.
El trayecto hasta el río es de unos 120 metros. Losito corre cinco o seis segundos, se arroja al suelo, abre fuego, se levanta y sigue corriendo. Cada vez que se yergue, prepara mentalmente el cuerpo para recibir un balazo, ya que no hay ningún tipo de cubiertas. Tras cruzar un alambrado, antes de llegar al río, encuentra un zanjón largo: le parece ideal para quedarse a combatir ahí y no seguir jugándole a la suerte corriendo.
Pero antes de poder parapetarse, recibe un tiro de fusil en el muslo derecho, que lo hace caer de espaldas al zanjón. Siente la pierna helada y al mismo tiempo el calor de la sangre que corre por ella; аdemás de la sangre que le empapa la cabeza. Pero tras la conmoción inicial, se dice: «¿Para qué tuve tanto entrenamiento de comando? ¡A ver! ¡A sobreponerse!”
Losito ve que los hombres del British Mountain and Arctic Warfare Cadre, un grupo de choque de la brigada de comandos del Reino Unido, avanzan contra él. Iba a hacerse un torniquete con su pañuelo de paracaidista, pero advierte que no hay tiempo para ello. Agarra el fusil y comienza a disparar, frente a esa avalancha, esa locomotora que se le viene encima gritando y haciendo fuego. Es el asalto final. El teniente primero ve que los ingleses van cayendo a medida que atacan, pero la munición se le está agotando. De los cinco cargadores, le queda uno, el último.
En eso ve cómo cae herido el sargento primero Humberto Medina, que estaba combatiendo delante suyo a la derecha. Medina pide auxilio y el sargento primero Mateo Sbert, que lo había sobrepasado, vuelve sobre sus pasos para socorrer al camarada. Con ello atrae el fuego enemigo hacia sí y cae abatido.
El combate prosigue, todo es confusión. De repente, Losito ve que en un codo de la zanja aparece el teniente primero Gatti, transmitiéndole la orden del jefe de sección: “No tire más, mi teniente primero, nos rendimos”. El capitán Vercesi ha evaluado la situación, tiene un alto porcentaje de bajas: dos muertos, seis heridos y la munición prácticamente agotada, сon lo cual ya no podría cumplir misión alguna. Y decide rendir la patrulla.
Pero Losito le grita a Gatti: “¡No se rindan, carajo! ¡Sigan combatiendo! ¡Y usted cúbrase, que está expuesto!” Todo esto se desarrolla en segundos, la secuencia es vertiginosa.
El teniente primero continúa disparando hacia su izquierda y de repente siente piques de fusil o pistola ametralladora, – porque son muy seguidos, – que provienen de la derecha. Ya está muy mareado por la gran pérdida de sangre, pero gira su cabeza y muy cerca, porque les pudo ver la cara, vienen corriendo, gritando y tirándole dos ingleses. Logra girar el fusil, dispara y le acierta a uno de ellos, que se desploma. Al otro, sin embargo, el más bajito, morocho, de tez olivácea, bien enmascarado, no le puede hacer fuego: ya no tiene control de su cuerpo por la enorme pérdida de sangre sufrida. Lo único que lo mantiene alerta era la adrenalina.
Losito se muerde los labios para no desmayarse, porque piensa que, si se deja ir, ya nunca recobrará el conocimiento. Como en cámara rápida reza, se encomienda a la Virgen María, le dice a su mujer “Disculpame, no voy a poder volver como te lo prometí”, se acuerda de sus hijos y espera que ese hombre parado en el borde de la zanja, apuntándole y gritándole algo, abra fuego.
Pero el inglés no dispara. Le está ordenando que levante las manos, porque tiene el fusil apoyado en su cuerpo. Como Losito no entrega el arma, lo agarra de la chaquetilla y lo saca de la zanja. De inmediato sabe que las heridas son graves. Le coloca una inyección de morfina en el muslo izquierdo, directamente, a través de la ropa, y le escribe una M en la frente, para que no le vayan a dar otra dosis. El británico está muy nervioso por la adrenalina del combate, grita, apoya una pierna encima de Losito, pero finalmente le dice: “Para tí ha terminado la guerra”.
El soldado se llama Raymond Say. El comando argentino lo contactó después de la guerra y conserva hacia él un sentimiento de admiración. “Un tipo recontra profesional, en el fragor del combate podía haber acabado conmigo, pero mantuvo el control de sí mismo”, me dice Losito.
-¿Cómo es que querías seguir combatiendo, Horacio, doblemente herido y ya solo?
– Espinosa, Estévez, protagonistas de actos heroicos que estremecen, no los realizaron espontáneamente. Fueron entrenados, educados en esa línea de valentía, en el curso de comandos. La boina de comando en el Ejército Argentino se lleva, por tradición, ladeada a la izquierda. Para lograr el efecto, hay que presionar ese costado. Los comandos lo hacíamos colocando encima de la boina una bala de fusil. ¿Qué simbolizaba esto? Después de agotar munición, hay que usar esa bala para no caer prisionero. La última bala es para uno mismo.
Fuente: La Prensa
A través de los cerros

El sábado 22 de mayo aterrizó en Puerto Howard un helicóptero Bell 212 de la FAA al comando de los tenientes Marcelo Jorge Pinto y Héctor Ricardo Ludueña, quienes traían órdenes de localizar y trasladar a los pilotos de los Dagger abatidos el día anterior.
A efectos de prestar colaboración en las tareas de búsqueda, Castagneto le ordenó a García Pinasco acompañar a la tripulación, acordando que, una vez cumplida la misión, regresarían por él para llevarlo a Puerto Argentino a recibir nuevas directivas.
Dos de los aviadores fueron rescatados gracias al uso de las bengalas luminosas que ellos mismos dispararon al escuchar el ruido del rotor. Al primer teniente Senn, lo vieron cuando caminaba junto a un alambrado, paralelo a la costa y al mayor Gustavo Piuma, al salir con cierta dificultad, de una suerte de choza en la que se había refugiado por tener un tobillo fracturado. La suya fue una verdadera odisea, la cual relató varios años después, de la siguiente manera:
…Ocho horas antes creía que me moría; estaba amaneciendo y ahora tenía la certeza que iba a seguir viviendo. Me había propuesto llegar este día a un refugio. Me encontraba subiendo una pendiente, serían aproximadamente las 14:00 hs, veinticuatro horas después de mi eyección, cuando me desbarranco y caigo con todos los elementos de supervivencia esparciéndose a lo largo de mi trayectoria de descenso.
Había perdido la noción del tiempo pues había extraviado el reloj. Decidí que, por cada caída debía rezar dos rosarios y luego incorporarme. Me dio resultado, cincuenta o sesenta minutos después estaba frente a un alambrado de cinco hilos que rodeaba el puesto de un establecimiento lanero.
Este pequeño refugio estaba en el medio de varios potreros, tres o cuatro, cuyas tranqueras se encontraban del otro lado y ya no tenía fuerzas para rodearlas. Me recosté con el torso sobre el alambrado y comencé a balancearme hasta perder el equilibrio y caer del otro lado. La casa era de chapa, con una puerta de madera, tenía un ancho de dos metros por tres de alto; al abrir observé que la mitad del piso estaba cubierto de abundante lana, hice un mullido colchón, me recosté y dormí profundamente.
Me desperté y enseguida, comencé a ordenar todos los elementos de supervivencia, las bengalas diurnas las coloqué a la derecha de la puerta, las nocturnas a la izquierda; tomé dos calmantes y entre las botellas que había en el refugio busqué la más limpia, recuerdo que en su etiqueta decía Queen Drink (El trago de la Reina). Sobre una de las paredes del refugio efectué siete marcas paralelas, taché la primera pensando que llegado el séptimo día iniciaría la marcha hacia Puerto Howard, que yo creía que estaba aproximadamente a cinco kilómetros del lugar de mi caída.
Cuando estaba intentando cortar los cordones de la bota de mi pie derecho, escucho el ruido característico de las palas de un helicóptero, ¡qué emoción!; podía afirmar que sentía los latidos de mi corazón.

Rápidamente tomé una bengala diurna y arrastrándome, llegué al borde del cerro. Allí abajo vi un helicóptero, pero no distinguía muy bien si era británico o argentino. En uno de sus giros alcanzo a distinguir la escarapela argentina y lanzo la bengala, un humo anaranjado cubrió la colina.
El helicóptero se posó a unos metros de distancia y de él saltaron dos suboficiales con una camilla y un capitán del Ejército Argentino, que constituían un grupo comando de rescate.
Ya en el helicóptero, el comandante de aeronave, primer teniente Marcelo Jorge Pinto me pregunta si había visto a otro oficial eyectado. Inmediatamente le contesto que sí, que me llevara hasta los restos de mi avión donde resultaría más fácil ubicarme.
Minutos más tarde recuperamos al primer teniente Jorge Senn, compañero de misión, y luego de un emotivo abrazo, nos dirigimos a Puerto Howard. Al llegar el helicóptero aterrizó en un pequeño potrero, ahí recogió al primer teniente de la RAF D. Jeff Glover (piloto inglés derribado horas antes), que habiendo sido rescatado del agua, fue llevado a una sala de primeros auxilios.
La odisea que precede nuestro traslado a Darwin es otra historia. El cruce del canal de San Carlos fue realizado en pleno combate, no sólo teníamos a los buques enemigos a la vista, sino también aviones amigos y enemigos, hasta la satisfacción de ver un buque inglés en llamas, pero siempre con la preocupación que nos podían derribar. Sobre las islas comenzaba el crepúsculo y lentamente nos acercábamos al pequeño poblado de Darwin. Finalmente aterrizamos y nos trasladaron al hospital de campaña, no sin antes presenciar el ataque de una sección de Harrier y el derribo de uno de ellos.
Después de dos días fui examinado por un médico. Me colocaron suero y me inyectaron morfina. Cuando desperté no sabía cuánto tiempo había transcurrido.
Su jefe de escuadrilla, el capitán Donadille, aterrizó con su paracaídas en las inmediaciones del puente de Green Hill (Colinas Verdes en la toponimia argentina), al sudoeste del monte Rosalía y desde allí intentó alcanzar las líneas propias.
Una vez más el buen Dios me protegió y salí en momentos en que mi avión no apuntaba hacia abajo.
Se abrió el paracaídas y en segundos estaba tocando en forma no muy elegante la Gran Malvina.
Agradecí al Señor pues salvo la visión que por la velocidad con que había saltado estaba muy afectada, escondí el paracaídas y me alejé del lugar, mientras escuchaba a los cañones de mi avión, caído a unos trescientos metros, que se disparaban solos.
Esperando a un Harrier que me buscaba, caminé medio congelado durante una hora y cuarto siguiendo una línea de postes telegráficos, mientras rezaba a la Virgen María y a su hijo agradeciendo el estar aún con vida.
Encontré un viejo arado rompí un portón, saqué dos tablas largas y armé un pequeño refugio para aislarme de la humedad pues ya anochecía.
Llené una bolsa de arpillera que estaba junto al arado con pasto y me preparé a pasar la noche más larga de mi vida. Y verdaderamente lo fue, sería mucho escribir el relatar todo lo que pasó por mi mente esa noche; pensé en mis hijos y mi señora, a quién faltaban diez días para entrar en la fecha de nacimiento de nuestro sexto hijo (Ana Paula nació el 17 de Junio), sobre el destino de mis compañeros de Escuadrilla y los que quedaron en la Base, la cual parecía tremendamente lejana ahora, en medio del frío; un frío tremendo que parecía venir a oleadas, el cual me impidió dormir en esas interminables horas y a la vez brindar un sonoro concierto de entrechocar de dientes en ese solitario paraje.
Pero estaba lúcido y bastante entero; sabía en donde me encontraba, y el terreno que pisaba y tenía una gran confianza en Dios y en mí (¡algo tenía que poner yo también!). Además, a pesar de que mi situación no era muy envidiable, me reconfortaba el reflejo de incendios que intermitentemente observaba en la panza de los estratos bajos (nubes), del otro lado de la montaña, que marcan el inicio del estrecho de San Carlos, pues sabía que ahí únicamente había barcos ingleses. Dios me perdone, pero sin tener nada en contra de los ingleses como personas, estaba contento porque esos reflejos que cambiaban de intensidad me indicaban que gracias a mi Fuerza Aérea, la reina tenía menos súbditos y material de guerra.
Junto con la claridad se disiparon mis dudas sobre si me podría levantar o no por algún problema en la espalda o cintura pues no tuve mayores inconvenientes en pararme.
En aras de la brevedad, ese día caminé unos veinticinco kilómetros a brújula y guiándome por mi memoria y conocimiento de la geografía de la isla llegué por fin alrededor de las tres de la tarde a Puerto Howard, en donde había un regimiento de nuestro Ejército. Más muerto que vivo por el cansancio y con principio de deshidratación, pero bastante entero en el resto, me animaba el hecho que podría enterar a mi familia y camaradas, de que todavía no había pasado a ser solamente un recuerdo en esta tierra.
Sentí una gran emoción en la formación del 25 de mayo en Puerto Howard, y gran orgullo también pues en el momento que se celebraba ésta,

pasaron dos Dagger más bajo que las piedras y a máxima velocidad; orgullo repito pues le señalé a mis camaradas presentes: “Esos son de los míos”.
Luego de varias peripecias más, que conjuntamente con otros argentinos metidos en el tema tuvimos que sortear, algunas de ellas por demás interesantes, conseguí cruzar a Puerto Argentino cinco días después. Casi a fin de mayo, pude volver al continente, lleno de orgullo por mi Fuerza pues verdaderamente presencié lo que estaba haciendo y había hecho durante el conflicto, no sólo por parte de los aviadores sino también por todo el resto del personal de oficiales, suboficiales y soldados, que dieron más que algo por la Patria.
Después de recoger a los náufragos, el helicóptero se preparaba para volar de regreso a Puerto Howard llevando a bordo a los tres pilotos recuperados, a Jeff Glover y al mayor Castagneto, tal como se había convenido con el comando en Puerto Argentino.
Cuando los efectivos del RI5 ayudaron a subir al inglés, los comandos le mostraron el Blow Pipe de Fernández y le explicaron que con él lo habían derribado.

El británico lo observó un instante y luego respondió, levantando el pulgar:
–Muy bien hecho, compañero.
En esos momentos Castagneto exploraba los alrededores, confiando que el helicóptero lo esperaría para trasladarlo a la capital, pero cuando todos estuvieron a bordo (Piuma, Senn, Donadille, el Dr. Llanos y el prisionero), dieron potencia al rotor y se dispusieron a despegar.
Entonces, llegó corriendo el teniente Sergio Fernández para exigir a los gritos que aguardasen allí hasta la llegada de su jefe, pero el piloto volvió a insistir con las órdenes recibidas antes de su partida y sin decir más, accionó los mandos y remontó vuelo.
En ese mismo momento, Castagneto entraba en el pueblo y al sentir el motor, corrió hacia la aeronave agitando los brazos, pero todo fue en vano. La máquina se elevó y desapareció en dirección al este.
Hecho una furia, el jefe de la 601 descargó su ira dándole una fuerte reprimenda al teniente Fernández, quien terminó pagando los platos rotos sin merecerlo.
El helicóptero voló primero a Puerto Darwin y desde allí a Puerto Argentino donde Glover fue entregado a las autoridades.
Lo primero que hicieron fue someter al inglés a una exhaustiva revisión médica y después de aplicarle algunos medicamentos, lo subieron a un transporte Hércules y en compañía de Donadille, Piuma y Senn, lo enviaron al continente, más precisamente a Comodoro Rivadavia, donde las autoridades deberían resolver sobre su situación.
Una vez en destino, una ambulancia estacionada al costado de la pista condujo a Glover al hospital militar regional, en la cual quedó bajo llave en el casino de oficiales por espacio de dos días.
Comenzó, de esa manera, su prolongado período de cautiverio. Pasada la primera semana, fue embarcado en un Boeing y enviado a Buenos Aires para ser internado en un nuevo nosocomio castrense y al cabo de unos días trasladado a una base del ejército, en la provincia de Córdoba, donde permaneció detenido hasta el fin de la guerra.
Glover se encontraba alojado en ese sitio cuando en cierta ocasión llegó a sus manos un ejemplar de “una revista muy brillante”, según sus palabras, cuyas páginas contenían, exclusivamente, información de la guerra. En una de sus notas, el detalle de las pérdidas de ambos bandos era tan absurdo y fantasioso, que el inglés no pudo evitar sonreír y preguntarse a sí mismo: “¿Será una broma?”.
Seguramente habrá pensado que aquello había sido impreso especialmente para él, con la intensión de desmoralizarlo, pero no era así. Se trataba de una prueba clara y acabada de la “prensa especializada” argentina; un pasquín de pseudo actualidad, con aire de publicación seria, que se vendía y aún se vende en todo el país.
Cuando el helicóptero Bel 212 se alejaba de Puerto Howard en dirección a Darwin, en Puerto Argentino se ultimaban los detalles de una compleja misión conjunta, con fuerzas especiales de las tres armas.
El general Parada había decidido enviar grupos comando a la zona de San Carlos para que tomasen conocimiento de la verdadera capacidad del enemigo y confirmasen, de paso, la existencia de radares en la cima del monte Alberdi (Osborne en la nomenclatura británica), un promontorio del cordón montañoso que conformaban las alturas Rivadavia, cuyo pico más alto alcanzaba los 690 metros sobre el nivel del mar.
El capitán Figueroa explicó a Parada que una misión de exploración era algo muy distinto a una de combate porque el equipo para una y otra era diferente. Además, el grupo a sus órdenes solo disponía de la sección al mando del teniente primero Daniel González Deibe, poco numerosa para esa tarea y eso, según su parecer, no era suficiente para cumplir el cometido.
Como el general Parada insistió (después de todo, era el tipo de misiones que Castagneto venía reclamando desde su llegada al archipiélago), se decidió el envío de una avanzada al mando del capitán Jándula, quien estaría secundado por los sargentos Vallejo y Salazar, para estudiar el terreno y efectuar observaciones.
La operación se había planificó con las otras dos armas, cada una de las cuales iba a aportar sus propias tropas de elite. El grupo comando de la Infantería de Marina actuaría a las órdenes del capitán Dante Juan Manuel Camiletti y estaría compuesto por once efectivos cuyo objetivo eran los alrededores de Puerto San Carlos; los catorce hombres del Grupo de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea, al mando del primer teniente Salvador Ozán, avanzarían sobre el monte Alberti y los comandos del Ejército, integrados por Figueroa, González Deibe, Elmíger, Brizuela, Negretti y Llanos, reconocerían Establecimiento San Carlos y sus inmediaciones.
El 22 de mayo por la mañana, los comandos del Ejército abordaron dos helicópteros Bell 212 y esperaron pacientemente que la niebla se disipase. Al cabo de dos horas levantaron vuelo y después de sobrevolar los campos aledaños a la Casa del Gobernador enfilaron hacia el monte Simmons3, punto de encuentro con sus pares de la Armada y la Fuerza Aérea, a mitad de camino entre la capital y San Carlos, donde estarían aguardando Jándula y su sección.
Los helicópteros atravesaron la isla Soledad de este a oeste y al aterrizar, la gente de Figueroa saltó a tierra y echó a correr para tomar posiciones.

Fue en ese momento que el jefe de la sección se dio cuenta que Jándula tenía el tobillo derecho lesionado por una caída y eso lo obligaba a caminar con cierta dificultad. Al verlo en esas condiciones, el capitán médico Llanos lo sometió a una rigurosa revisión y al cabo de unos minutos pudo determinar que el oficial presentaba un esguince leve.
Mientras era atendido, Jándula dijo haber observado mucha actividad enemiga en el oeste, especialmente en los alrededores del monte Alberti, pero según su opinión, eso no representaría un obstáculo para el desarrollo de la operación.
Figueroa dividió a su grupo en dos columnas, poniendo a González Deibe y al teniente Eduardo Elmíger al mando de la primera, indicándoles avanzar por el sur, en tanto la segunda, encabezada por él mismo haría lo propio por el norte, llevando al teniente Alejandro Brizuela como su segundo.

Partieron cargando armas y mochilas, bajando por la pendiente oeste del monte Simmons, dando inicio a una agotadora marcha de varias horas. Hacia las 17.00, las secciones se habían separado tanto que acabaron por extraviar el camino, razón por la cual, decidieron acampar y esperar hasta el otro día.
Los efectivos racionaron, montaron guardias por turnos y descansaron. La noche transcurrió sin novedad y de ese modo llegó el amanecer, con un cielo despejado, aunque surcado por numerosas nubes. Alrededor de las 09.00 González Deibe trepó por una abrupta loma y una vez en lo alto creyó escuchar voces que para su tranquilidad, notó que hablaban en español. Era la sección de Figueroa que había acampado en las inmediaciones.
González Deibe se dio conocer y después de intercambiar una serie de palabras con Figueroa, resolvieron seguir juntos. Era el 25 de mayo, día de la Patria y eso fue motivo de festejos y saludos efusivos. Y para levantar los ánimos, noticias provenientes de radios uruguayas dieron cuenta de la feroz batalla aeronaval que había tenido lugar ese día, con su saldo favorable a la Argentina luego de los espectaculares ataques de la Fuerza Aérea y la Aviación Naval.
En horas de la noche, en pleno desplazamiento, los comandos escucharon a lo lejos, los inconfundibles sonidos de varios helicópteros yendo y viniendo entre Darwin, Prado del Ganso, Estancia House y Teal Inlet.
A eso de las 03.30 alcanzaron la Gran Montaña, punto próximo al río San Carlos, y sobre sus faldas racionaron moderadamente a causa de la escasez de alimentos.

Desde ese punto establecieron comunicación radiofónica con el general Parada informándole las últimas novedades y la respuesta que recibieron los dejó realmente absortos, por venir de quien venía. Se les exigió más acción y se les informó que iban a ser relevados ni bien la 2ª Sección regresase en helicóptero desde Puerto Howard.
Mientras tanto, en las simas del monte Simmons, Jándula y su gente4 se mantenían a la espera, convencidos de que permanecer en ese sitio era contraproducente e innecesario porque desde allí no podían hacer absolutamente nada y corrían el riesgo de ser detectados. El frecuente paso de los Harrier tomando fotografías y el sonido de los helicópteros a la distancia los decidió a cambiar de posición y efectuar un nuevo desplazamiento5.
Desde donde se hallaban ubicados se podía ver una casa de dos plantas próxima al arroyo Top Malo, la misma explorada por González Deibe días atrás. El edificio parecía relativamente seguro, ofrecía buen amparo ante las inclemencias del tiempo y los ponía a cubierto de las aeronaves enemigas.
Después de evaluar diversas alternativas, los comandos se incorporaron y comenzaron a acercarse muy lentamente, apuntando con sus armas en todas direcciones, en prevención de cualquier contingencia.
La propiedad parecía abandonada, evidenciaba mucho descuido y había mucha suciedad. Los hombres la rodearon y después de echar un vistazo ingresaron, comprobando que, efectivamente, no estaba ocupada.
Una vez adentro, la inspeccionaron de arriba abajo, limpiaron las habitaciones lo mejor que pudieron y las acondicionaron como para pernoctar. Parecía el lugar ideal para pasar la noche, de ahí la decisión de asar un cordero al que Salazar y Vallejo fueron a buscar.
Ya en plena obscuridad, después de racionar en caliente (el cordero capturado), llegó hasta ellos el lejano sonido de un helicóptero. Los hombres tomaron sus armas y una vez fuera, vieron un Sea King enemigo que, al parecer, desembarcaba efectivos en las laderas de monte Simmons, el mismo lugar donde habían estado horas antes. Jándula creyó prudente abandonar la casa, decisión con la que todos estuvieron de acuerdo y sin decir más, recogieron el equipo y se alejaron, encaminándose hacia el sur, en dirección al cerro Rivadavia, detrás del cual, se extendían las tierras de Fitz Roy.
En determinado momento, cuando empezaba a amanecer, intentaron comunicarse con Puerto Argentino, sin imaginar que sus emisiones fueron captadas por helicópteros enemigos que de manera inmediata se lanzaron en su búsqueda. En vista de ello, intentaron advertir a González Deibe sobre lo que ocurría, pero el paso de una de aquellas máquinas, a escasos 50 metros de sus cabezas, los hizo desistir.
Pasado un tiempo, cuando caía sobre ellos una llovizna helada, volvieron a encender la radio y eso atrajo nuevamente al enemigo que se lanzó en su persecución obligándolos a desplazarse en zigzag a través de los cerros, ocultándose de tanto en tanto y emitiendo brevísimas señales cada media hora.
Finalizada la guerra, al rememorar las acciones, Jándula recordaría que se trató de una verdadera cacería humana de la cual zafaron gracias a sus constantes desplazamientos.
Así fue como atravesaron zonas pantanosas, escalaron pendientes, descendieron laderas y cruzaron riachos de piedra, soportando el frío y la lluvia, aguantando el cansancio y el hambre e incluso dándose fuertes golpes al resbalar, tal como le ocurrió al sargento Silverio Mario Arroyo, que en una de esas caídas, se lastimó la cadera.
Una de aquellas noches, poco antes del amanecer, Jándula y su sección vieron aproximarse un helicóptero británico, más precisamente un Sea King artillado que al parecer trasladaba pertrechos y hombres hacia una posición. Al verlo venir, Llanos propuso tomar ubicación cerca de unas rocas y abatirlo con el fuego reunido, idea que salvo el sargento Arroyo, todos los demás objetaron por considerarla imprudente.
Los argumentos expuestos resultaron acertados pues el valle por el que se movían era un corredor aéreo muy transitado por el enemigo y eso implicaba, atraer su atención y poner en riesgo la operación.
Llanos volvió a insistir porque según su parecer, el Sea King era presa fácil pero sus compañeros volvieron se negarse. Y como el helicóptero estaba prácticamente sobre ellos, buscaron cobertura y esperaron.
El oficial médico no se resignaba a desperdiciar semejante oportunidad porque era evidente que con el fuego de sus armas lograrían impactos de consideración. Por esa razón, volvió a exhortar a sus compañeros pidiéndoles con mucha ansiedad que se prepararan para la acción.

Después de todo, el teniente primero Esteban lo había hecho en San Carlos, abatiendo a dos aeronaves y averiando a otras y eso había tenido incidencia en el enemigo. Sin embargo, no hubo caso. El helicóptero pasó tan cerca, que los comandos pudieron observar claramente la cabina iluminada y a los pilotos en su interior, un blanco extremadamente fácil en verdad y una baja sensible para los británicos.
Mientras la máquina se perdía de vista, Llanos se incorporó furioso y arrojando su fusil al suelo gritó:
–¡¡A partir de este momento soy solamente médico!!
Sus compañeros lo escucharon en silencio, profundamente avergonzados pues si la decisión de su jefe había sido correcta, en lo más profundo de sus corazones sabían que Llanos tenía razón. Tiempo después, en Puerto Argentino, Jándula le comentaría perturbado al mayor Aldo Rico que aún sentía remordimientos al recordar aquello.
El amanecer de un día espléndido sorprendió a la sección en plena marcha, con Arroyo avanzando dificultosamente a causa del golpe y el resto completamente extenuado.
Después de trepar una pendiente y descender por el otro lado, decidieron hacer un alto para reponer fuerzas y racionar. Era media mañana y el sol brillaba en el cielo despejado, provocando una sensación agradable.
Mientras consumían su alimento, llegaron a contar entre 40 y 50 helicópteros enemigos desplazándose por el mismo corredor, a una distancia de 200 metros uno de otro, algo digno de preocupación porque mostraba a las claras que el avance británico era realmente incontenible.
Desde las alturas donde se hallaban ubicados y usando sus binoculares, los hombres de Jándula pudieron ver Fitz Roy 20 kilómetros al sudeste. Cerca de allí, a metros de su posición, había una casa abandonada y bastante deteriorada que como en el caso de Top Malo House, decidieron inspeccionar.
Echaron a andar y a mitad de camino se dividieron en dos, Llanos y Arroyo (cada vez más dolorido) avanzando hacia el edificio y el resto cubriéndolos desde la ladera este del cerro.
Los comandos descendieron lentamente y al llegar al edificio, observaron su interior comprobando que estaba abandonado. Ingresaron con mucha cautela y una vez en la sala principal vieron un teléfono encima de una mesa.
El médico tomó el tubo y lo apoyó sobre su oreja derecha pero para su desazón, el aparato no funcionaba.
Los exploradores pernoctaron en el interior de la casa mientras sus compañeros, sobre la ladera, lo hacían a la intemperie, contemplando desde su posición el fantasmagórico y siniestro resplandor de ambas artillerías batiéndose fieramente en Prado del Ganso.
A la mañana siguiente Arroyo se dio cuenta que cerca de la propiedad pastaban una yegua y su potrillo y enseguida se lo informó a Llanos. Los animales eran dóciles; la yegua se dejó montar y de ese modo reemprendieron la marcha sobre su lomo.
Lamentablemente, transcurrido un tiempo, debieron desistir porque el movimiento de las ancas le provocaba fuertes dolores a Arroyo. El comando debió bajarse y seguir a pie, llevando a la yegua de las riendas.

Al cabo de cinco horas, los hombres y su cabalgadura divisaron el puente de Fitz Roy donde una compañía de Ingenieros apostada desde hacía algunos días los confundió con ingleses y les disparó.
Asustada por los estampidos, la yegua comenzó a corcovear arrojando a Llanos por el aire, aunque sin consecuencias.
Percatados del error, los ingenieros corrieron hacia ellos y los ayudaron con el equipo. Dos efectivos cargaron a Arroyo sobre sus hombros y el resto se ocupó del equipo y las armas.
Esa misma noche llegó el helicóptero Bell UH-1H matrícula AE-406 del valeroso teniente Guillermo Anaya y a bordo del mismo partieron hacia Puerto Argentino, aterrizando en la cancha de fútbol contigua a la Casa de Gobierno, en pleno bombardeo de los Sea Harrier.
Jándula y los suyos fueron recogidos por un Chinook cargado de heridos, proveniente de Darwin. Debieron agitar sus brazos y hasta un trapo blanco atado al extremo de uno de los fusiles para que se percatasen de su presencia. Alguien a bordo los detectó los movimientos y se los indicó al piloto.
Los comandos vieron al helicóptero efectuar un pronunciado giro y volver sobre sus pasos para recuperarlos. Grande fue su alivio cuando lo vieron posarse en la turba y a un suboficial haciéndoles señas para que se apurasen a subir.
En cuanto a los cuadros de la Armada y la Fuerza Aérea, sus acciones implicaron tareas de patrulla y exploración, similares a la de sus pares del Ejército.
Siguiendo el relato del primer teniente Eduardo Spadano, integrante del Grupo de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea Argentina, el 22 de mayo por la tarde la unidad recibió la orden de investigar el potencial enemigo en cercanías de Colorado Pond.
La tarde el 23, cuando el sol iniciaba su caída, sus integrantes se encaminaron hacia Moody Brook y una vez allí abordaron los helicópteros que debían llevarlos hasta la posición asignada. Media hora después estaban junto al lago Colorado y a poco de echar pie levantaron su campamento y montaron los puestos de guardia.
Por orden del primer teniente Ozán, fue apostado un vigía en las alturas y ya noche cerrada, los efectivos iniciaron el desplazamiento hacia el objetivo.
Llevaban tres horas de marcha cuando el inconfundible sonido del rotor de un helicóptero los hizo detener.
Los soldados se agazaparon y esperaron hasta que el mismo desapareciese y cuando hubo pasado un tiempo prudencial, reiniciaron su avance, siempre en plena obscuridad, cayendo de tanto en tanto a causa de las rocas, el musgo y los pantanos. Lo malo era que estaban siempre mojados, hacía mucho frío y la fatiga se hacía una carga, aumentando la sensación de que el enemigo se hallaba cerca y podía aparecer de un momento a otro. Pero eran hombres duros, entrenados para soportar todo tipo de privaciones y enfrentar la adversidad en situaciones extremas, razón por la cual, siguieron adelante en cumplimiento de la misión.
El 24 de mayo alcanzaron unos accidentes del terreno y allí se ocultaron hasta la noche. Amparados por la penumbra reiniciaron el avance, un avance que se tornó extremadamente peligroso cuando un helicóptero británico que sobrevolaba las inmediaciones comenzó a arrojar bengalas para ubicarlos.
Aun así, siguieron adelante, efectuando observaciones y realizando patrullajes durante todo el día siguiente.
A media tarde decidieron acampar para reponer fuerzas. Siguiendo las indicaciones, ni bien oscureció reiniciaron la marcha y continuaron hasta la madrugada del 26 de mayo cuando resolvieron dejar a nueve hombres a cubierto en un punto determinado del terreno y seguir los cinco restantes hasta donde, de acuerdo a lo planificado, debía finalizar el recorrido.
Encabezados por Spadano los efectivos, identificados con los indicativos “Gallo”, “Penélope”, “Perro”, “Amancay” y “Taño”, caminaron todo el 26 y parte del 27 de mayo, hasta alcanzar el objetivo (monte Osborne) donde, previa inspección, montaron un puesto de observación.
Permanecieron allí varias horas, sin ver nada a causa de la niebla pero escuchando el permanente sonido de los helicópteros enemigos desplazándose por las inmediaciones.
En la madrugada del 28 emprendieron el regreso y al llegar al punto de partida, donde esperaban sus nueve compañeros, embarcaron en un Bell UH-1H que vino a recogerlos.

El total de los comandos abordó la aeronave a excepción de “La Vieja”, el “Gato” y “Penélope” quienes permanecieron en el lugar con el equipo de radio.
Al día siguiente, 29 de mayo, se le encomendó al Grupo una nueva misión, nada más y nada menos que cortar el avance del enemigo.
Fue una extraña, orden que les generó muchas dudas y también de emoción porque ese era el tipo de tareas para las cuales habían sido preparados.
El plan consistía en marchar hacia el cerro Dos Hermanas, dejarse sobrepasar por el enemigo y luego atacarlo por la retaguardia. Tres helicópteros los esperaban en Moody Brook para trasladarlos, el primero, con efectivos del Ejército (Compañía de Comandos 601), el segundo para ellos (Grupo de Operaciones Especiales) y el tercero a tropas de Gendarmería (Escuadrón “Alacrán”).
Siguiendo el plan de operaciones, los comandos se concentraron en el cuartel de los Royal Marines y a las 09:00 comenzaron a embarcar. El primer aparato partió llevando a los efectivos del Ejército e inmediatamente después lo hizo el tercero, con las tropas de Gendarmería.
El que debía transportar al Grupo de Operaciones Especiales, se demoró por desperfectos mecánicos y cuando estaba a punto de elevarse, se le ordenó abortar la misión porque aviones Sea Harrier habían atacado a sus colegas en las laderas del cerro produciendo muertos y heridos en el Escuadrón “Alacrán”.
Todo ocurrido muy de prisa. Los comandos de la Fuerza Aérea estaban esperando para embarcar, cuando llegaron corriendo dos gendarmes con la novedad de que su helicóptero había sido abatido y que los efectivos del Ejército habían sido emboscados. La noticia cayó como un rayo porque el enemigo ya dominaba Dos Hermanas y la pésima dirección argentina no contaba con esa información.
El embarque se suspendió y los cuadros de la Fuerza Aérea fueron devueltos a su asiento donde debían aguardar la orden de movilización. Y en esas estaban cuando a las 23:50 horas, comenzó un nuevo cañoneo naval que mató a uno de sus oficiales más dinámicos, el primer teniente Luis Castagnari, caído en la zona del aeropuerto cuando intentaba ubicar a un grupo de subordinados que había quedado aislado. Junto a él, dos suboficiales sufrieron heridas de gravedad, los cabos primeros Walter Abal, alcanzado por las esquirlas en la pierna derecha y Juan Chiantore, en el brazo derecho.
Cuando el operativo de las fuerzas especiales ordenado por el general Parada se puso en marcha, a los comandos anfibios se les asignaron las alturas de Bombilla Hill y el cerro Montevideo, próximas a San Carlos, donde debían observar los movimientos del enemigo y hacer una evaluación de su potencial.
Los efectivos partieron de Moody Brook la mañana del 24, a las órdenes del capitán de corbeta de Infantería de Marina Dante Juan Manuel Camiletti, quien se ofreció como voluntario para encabezar la patrulla pese a no ser comando anfibio.
El pelotón embarcó en dos helicópteros del Ejército y se desplazó hasta Chata Hill, a unos 50 kilómetros al oeste de la capital, donde estableció su base de patrulla reducida (BPR) después de enterrar parte de su equipo para aligerar su peso. Ni bien reiniciaron el avance, acordaron que una vez cumplida la misión, regresarían todos al BPR, a efectos de reagruparse y retornar a la capital.
La marcha hacia Bombilla Hill, se hizo bajo una tenue llovizna y un frío intenso, el típico clima malvinense previo al crudo invierno.
Bombilla Hill era una altura importante que domina buena parte de la ría de San Carlos y el cerro Montevideo, objetivo final de la misión.
Llegaron el 25 de mayo, después de una jornada extenuante y lo primero que hicieron fue montar un puesto de observación desde el cual pudieron seguir la intensa actividad enemiga en torno a la elevación. Tropas y vehículos, incluyendo helicópteros, iban y venían desde San Carlos en lo que parecía una operación de gran envergadura.
Pasado un período prudencial, el puesto de observación fue levantado y la patrulla se encaminó hacia el cerro Tercer Corral, otra altura importante ubicada algo más al sudoeste, desde la cual era posible cumplir la misión con mayor efectividad.
Fue en ese momento que comenzaron a surgir algunos roces entre Camiletti y sus subordinados debido a la velocidad que aquel pretendía imponer a la misión.
Dada la evidente proximidad del enemigo, el suboficial comando más antiguo, Miguel Ángel Basualdo, reclamaba el apego a los procedimientos propios de su entrenamiento y en eso tenía razón porque, durante el trayecto hacia Tercer Corral, los efectivos habían sido sobrevolados varias veces por una PAC de Sea Harrier que patrullaba el área.
Tras el intercambio de opiniones, la columna continuó el avance, cruzando un afluente del río San Carlos donde varios de sus componentes perdieron el equilibrio y cayeron al agua, empapándose de pies a cabeza.
Llegaron al cerro el 26 de mayo por la mañana y casi enseguida establecieron un nuevo puesto de observación desde el cual obtuvieron una excelente vista de Puerto San Carlos y el cerro Montevideo.
En ese punto surgieron nuevas discrepancias entre Camiletti y Basualdo debido a la exposición por demás innecesaria que el primero hizo del grupo, entusiasmado con los resultados de la misión. En vista de ello aunque preocupado porque todavía no se había establecido comunicación con Puerto Argentino, decidió dividir la patrulla en dos; la primera fracción, a las órdenes del suboficial Basualdo6, debía regresar a Puerto Argentino llevando la importante información obtenida y la segunda, a las del propio Camiletti y el cabo principal enfermero Jesús A. Pereyra7, permanecería en el área intentando ampliar el cuadro de situación y continuar su aproximación a San Carlos y el cerro Montevideo.
Cuando la fracción del suboficial Basualdo emprendió el regreso, ignoraba que iba a enfrentar momentos de altísimo riesgo.
Durante su paso por Teal Inlet, los británicos le tomaron prisionero al cabo principal Juan Carrasco que se había rezagado. A punto estuvieron de emboscarlos y entablar combate pero el oportuno hallazgo de una ruta de escape les permitió eludir las columnas enemigas y deslizarse detrás, siguiendo al ejército británico en su avance hacia el este. A esa altura, después de la captura de Carrasco, el enemigo estaba al tanto de la presencia de comandos argentinos en el área y los buscaba intensamente.
Para su fortuna, el 30 de mayo tomaron contacto con la recientemente llegada Compañía de Comandos 602 que estaba efectuando sus primeras misiones avanzadas y ello les permitió reingresar en las líneas propias y entregar al Comando Superior la vital información recogida.
Tras la partida de Basualdo, la fracción de Camiletti se desplazó unos 300 metros al oeste, en pos de los montes Verdes. Eso le permitió aproximarse un poco más a Establecimiento San Carlos y ampliar el reconocimiento del área.
Alcanzaron la base de los cerros de noche y en la madrugada siguiente comenzaron su ascenso para establecer una nueva base de observación en su cima. Desde esa posición y valiéndose de sus visores nocturnos, los comandos pudieron estudiar al detalle los movimientos del enemigo.
Intentando ampliar el campo visual, Camiletti decidió avanzar otro trecho, seleccionando para acompañarlo al cabo principal Pereyra.
Demostrando gran determinación, se desplazaron varios metros hacia delante, atentos al menor movimiento hasta que en un determinado momento, el cabo Pereyra manifestó su preocupación por el peligro que corría el total de la patrulla si los ingleses los descubrían. Camiletti le ordenó regresar y cuando las primeras luces comenzaban a asomar en el horizonte, reanudó la marcha solo.
Cuando el cabo Pereyra se reunió con el resto de la sección, una serie de descargas provenientes del sector donde se hallaba Camiletti hizo poner a los comandos en alerta. El oficial había sido descubierto y tras un breve intercambio de disparos, fue tomado prisionero, razón por la cual el resto de la patrulla, siguiendo sus indicaciones, decidió emprender el regreso.
El desplazamiento se hizo con mucha cautela dado que la captura de Camiletti había puesto en alerta a las fuerzas británicas las cuales, de manera inmediata, iniciaron un despliegue en cadena para cubrir la zona y evitar la salida de la patrulla argentina. Era necesario buscar cobertura y en esa acción, tres comandos se arrojaron dentro de un pozo inundado y allí permanecieron varias horas en cuclillas, con el agua helada hasta la cintura, cubiertos por unos pastizales que, para su fortuna, los hicieron pasar desapercibidos.
El cabo Verón, no tuvo espacio dentro del pozo y por esa razón se arrojó de espaldas dentro de un hoyo de 20 centímetros de profundidad, con su fusil sobre el pecho, cubierto por el agua de un delgado manantial. Los británicos pasaron junto a ellos sin percatarse de su presencia y siguieron de largo avanzando muy lentamente, atentos a cualquier sonido o movimiento.
Comenzaba a anochecer y los hombres llevaban varias horas en esos lugares, con los cuerpos entumecidos por el agua helada y la baja temperatura. Repentinamente, desde la derecha se escuchó un disparo de fusil seguido por un nutrido tiroteo. Las balas pasaban a centímetros de sus cabezas y se perdían en diferentes direcciones, tragadas por la obscuridad. Al cabo de varios minutos, el fuego cesó y después de media hora de silencio, el sonido de los helicópteros se dejó oír nuevamente.
Con la noche ya avanzada, los comandos salieron de sus escondites y echaron a andar al amparo de la obscuridad, siempre con mucha dificultad por tener sus cuerpos tan agarrotados, que en algunas ocasiones necesitaban arrastrarse sobre la turba porque las piernas no les respondían. Cuando pudieron caminar, se desplazaron en cuatro patas y después de recuperar lentamente la movilidad, se pusieron de pie y siguieron la marcha hacia sus propias líneas, siempre rodeados por el enemigo que convergía sobre Darwin y Puerto Argentino.
El lunes 31 de mayo los comandos transitaban un sendero al sudeste del monte Estancia cuando tropas británicas los emboscaron.

A raíz de ello, se entabló un recio tiroteo en el que Pereyra y López cayeron gravemente heridos y sus compañeros Alvarado y López, fueron hechos prisioneros.
La fotografía de Camiletti esposado y con el rostro cubierto mientras efectivos británicos le apuntan con sus armas, dio la vuelta al mundo y se convirtió en una de las imágenes más famosas de la guerra. Tanto él como sus hombres fueron tratados de acuerdo a la Convención de Ginebra aunque con cierta dureza debido a su condición de tropas especiales.
Pese a los contratiempos, a los rigores del clima y a haber perdido algunos hombres, la misión alcanzó su objetivo cuando la sección del suboficial Basualdo logró llegar a las líneas propias y le entregó a Menéndez la información obtenida.
Otras operaciones en ambos bandos
– Un equipo de seis hombres del SBS embarca en el submarino diésel-eléctrico HMS Onyx, dentro de la operación Ketteldrum (cancelada el 3 de junio sin llegar a la costa). La misión consistía en desembarcar en Puerto Deseado para reconocer su aeropuerto, donde se sospechaba que operaban los Super Etendard.
– Puerto Argentino (05:45h.) Un Avro Vulcan XM597 dispara dos misiles antiradar AGM 45 Shrike contra el radar Westinghouse AN/TPS 43F de la FAA,

situado en las afueras de la capital. Uno de los misiles cae a unos 10 metros y el otro en una casa abandonada de las cercanías. La metralla del primer misil alcanzó el radomo del radar, inutilizándolo temporalmente por 39 horas.
Los misiles AGM 45 necesitaban que el sistema de radar estuviera emitiendo para poder volar a través de su haz de ondas. Los argentinos apagaban y encendían los radares periódicamente para evitar estos ataques. El fallo de los dos misiles pudo ser debido a este tipo de contramedidas manuales.
– Monte Kent (mañana). Al amanecer, con la Compañía K del 42º RM y tres piezas de la 7ª Bia asentadas en sus laderas, se decide bombardear los antiguos cuarteles de Moody Brook aprovechando el alcance máximo de los Light Gun con la “supercarga” a unos 17.000 m. El bombardeo, más psicológico que práctico, fue dirigido por el OAV de la batería, el Capitán Romberg.
En los riscos de Monte Wall se sitúan observadores avanzados de artillería del 29” Reg. protegidos por un equipo de los Royal Marines. Actuaran, desde aquí, hasta los combates de la noche del día 11.
– Zona central de la Isla Soledad. Avances británicos. Las Compañías L y J del 42º Commando RM se mueven hacia Monte Challenger. Las tres piezas restantes de la 7* Batería se desplazan en apoyo del 42º RM en Monte Challenger, dejando sus otros tres cañones en Monte Kent con la Compañía K del 42 RM. El 3º Paracaidista llega a Estancia House (en el norte) y el día 1 de junio se atrinchera en Monte Estancia, apoyado por un helitransporte de 6 piezas de 105 mm. de la 79ª Batería.
El 4 de junio el 45º Commando RM se asienta en las laderas de Monte Kent para reforzar las posiciones de salida del 3º Paracaidista y del 42º RM.
– Llega a Puerto Argentino, en dos Hércules, el sistema terrestre (ITB) MM38 Exocet, con dos misiles, su lanzador de 6.000 kg. Y un grupo electrógeno.

Vigilar la guerra: las misiones y hazañas de los radaristas argentinos en Malvinas
Los integrantes del Escuadrón VyCA operaron en Malvinas con un radar móvil. Guiaron a los aviones durante los combates y fueron utilizados para localizar al enemigo. En el conflicto, diseñaron un dispositivo para poder cortar la señal a distancia.

El 2 de abril de 1982, el radar recién llegaba a las islas. En la imagen, se aprecia el Unimog transformado en vehículo técnico. Foto: Gentileza sitio Radar Malvinas.
DEF dialogó con el comodoro retirado y veterano de la guerra de Malvinas, Miguel Ángel Silva, quien –con el grado de mayor– fue jefe del Escuadrón VyCA durante el conflicto en el Atlántico Sur. Allí operó el radar móvil TPS-43, que guio a los aviones contra los buques enemigos, controló a los cazas argentinos en los combates con los Harriers, alertó a la defensa antiaérea y fue utilizado para localizar la flota, entre otras actividades.
Silva es un experto en el tema. Armó el sitio www.radarmalvinas.com.ar y es docente de una materia relacionada con la toma de decisiones y espectro electromagnético “para guerrear”. Antes de comenzar la entrevista, con su relato, el oficial adelanta que su historia no se caracteriza por abundar en detalles épicos ni románticos sobre Malvinas, sino que tan solo cuenta su historia.
El 29 de marzo de 1982 a él y a su jefe, el comodoro Enrique Saavedra, los mandaron llamar desde el edificio Cóndor. Allí les dieron la noticia: iban a tomar las Malvinas. “Como estaba todo arreglado, la Fuerza Aérea Argentina (FAA) iba a llevar un radar y yo iba a ser el jefe. Por supuesto, no creí. Saavedra tampoco. Era ir contra el statu quo mundial. Así que pensé que se trataba de un amague para asustar a Gran Bretaña”, confirma.
“Mis hombres eran extraordinarios”
Cruzaron a las islas el 2 de abril. Los radaristas de Malvinas tuvieron en cuenta infinidad de factores que podrían jugarles en contra y tomaron las previsiones necesarias. Para empezar, buscaron la dotación suficiente y un vehículo Unimog para poder trasladar al radar.

El personal cava un hueco en la pendiente para proteger a la cabina operativa. Foto: Gentileza Sitio Radar Malvinas.
“La guerra es lo más asqueroso que hay. Por un lado, por toda la muerte dando vuelta. Al día de hoy, sigo sintiendo el olor a sangre podrida y a carne quemada. Además, lo es porque en la guerra se caen todas las caretas. Ves al verdaderamente valiente y al cobarde. Quizá, tipos que considerabas que no valían ni cinco…te terminaban impresionando por la forma de trabajo en la guerra. Mis hombres eran extraordinarios”, cuenta Silva.
Hay un detalle que, para él, es fundamental a la hora de hablar del personal de radaristas. Cuando se conformó la especialidad, en el ámbito de la fuerza, contactaron a todas las unidades para que enviaran a quienes serían los primeros en integrarla: “Te imaginás que lo que hicieron fue sacarse de encima a varios molestos. Ese que jorobaba o que era contestario… esa gente cayó al grupo. Por suerte, como todo tipo que es así, eran muy capaces e independientes. Para mí, fue fácil ser jefe. Ellos ya sabían lo que tenían que hacer. Incluso, en el continente, bajábamos del avión y ellos desaparecían. Al rato, volvían con todo solucionado. Se encargaban de gestionar combustible, agua, máquinas para emparejar el terreno o camiones. Pese a lo asquerosa que es la guerra, yo lo pasé bien porque conté con ellos, que resolvían todo”.
Con esa dinámica de trabajo, el personal solucionó uno de los mayores problemas que tuvo el radar. Cuenta Silva que, aplicando el axioma “¿Qué pasaría si…?”, imaginaron un ataque de misiles antirradiación. “En Malvinas, el misil sería guiado por la señal de radar, así que iría a parar a la antena, que estaba a 70 metros de la cabina operativa, donde íbamos a estar nosotros. Si nos tiraban, para salvarnos del misil, tenía que salir uno corriendo hacia la cabina técnica para poder cortar la señal del radar para que dejara de emitir”, cuenta y agrega: “Hicimos la prueba. Por supuesto, el misil iba más rápido que el mecánico que corría. Otra solución sería dejar a un hombre dentro de la cabina técnica, con un 99 por ciento de probabilidades de morir si tiraban. Era serio”, rememora.
El suboficial ayudante Néstor Tambussi era el encargado de los mecánicos. Antes, había sido trombón en la banda de la fuerza. Hizo el curso y se transformó en mecánico de radar. “Jefe, ya vengo”, le dijo a Silva. A las dos horas, lo llamó y le pidió que se sentara en la cabina. Le indicó una llave que cortaba la emisión y otra que cortaba la rotación de la antena. “A partir de ese momento, ya no necesitamos correr a la cabina técnica. Se acabó el miedo. No es fácil reemplazar un radar, por eso la importancia del invento, que encima no lo patentamos. Porque al año siguiente, la fábrica lo sacó como un opcional: el cortar emisión desde la cabina operativa”, comenta.

Una vista desde la cabina operativa: la antena radar en su emplazamiento definitivo, ubicada junto a un pesebre para animales. Foto: Gentileza Radar Malvinas.
La cabina estaba segura, y la habían transformado en un búnker. “Para el enmascaramiento se usan redes. Nosotros probamos con los radares y eso no funcionaba. Primero, la antena tiene que quedar por arriba de eso. Segundo, como necesitábamos entrar con vehículos adonde estaba la antena, por más que pongamos una red que simule un árbol, el que mirara desde arriba iba a ver huellas de camiones hacia el árbol y sospecharía. Así que simulamos un depósito de chatarra. No lo detectaban. La habilidad de los que integraban el grupo hizo que las cosas salieran, dentro de todo, bien”, explica el oficial.
Ataque con misiles antirradiación
Silva cuenta que, desde el radar, tenían una especie de palco presidencial del Teatro Colón: “Veíamos lo que pasaba. Los aviones, los barcos o los helicópteros que iban hacia Puerto Argentino. Éramos testigos de las decisiones tardías y de sus resultados”.
¿Cómo fue el ataque de los misiles antirradiación? “Dios se encargó. Él siempre se metía. El 31 de mayo, nos tiraron con misiles, no llegamos a cortar. Los misiles cayeron justo donde tenían que caer”, afirma. Aquella mañana, Silva no estaba en la cabina, puesto que, como se quedaba trabajando durante la noche para cubrir el aterrizaje y despegue de los C-130, tomaba breves descansos por la mañana. Por otro lado, dos suboficiales habían sido designados para dormir en una casa que debían cuidar. Pero, la noche anterior, su jefe decidió que nadie dormiría allí hasta que pudieran tener una línea telefónica. Ya que, de pasar algo, no tenían forma de dar aviso.

La antena y la cabina técnica desde cerca. En aquel momento iniciaban la transformación en depósito de chatarra. Foto: Gentileza Sitio Radar Malvinas.
Aquella mañana, Silva desayunaba con el suboficial mayor Antonio Cassani cuando sintieron la explosión: “Un olor a pólvora asqueroso. Nos habían tirado dos misiles que cayeron entre las casas y, las esquirlas, pegaron a la altura de las camas. Nosotros, para proteger a la antena, habíamos puesto dos camiones y una maquina vial. Así que las esquirlas fueron recibidas por el vehículo. Salvo una que llegó a la antena, rompió una guía de ondas que fue cambiada. Al otro día, estábamos otra vez en servicio”.
“Hay un montón de anécdotas ridículas en medio de la tristeza de la guerra”, recuerda Silva. Una de ellas es la del pseudoherido de aquel ataque. Los soldados hacían guardia por parejas. Además, los mecánicos también hacían. “Fijate como Dios acomodó todo. Los soldados estaban junto a la cabina operativa. Los mecánicos estaban llevando agua caliente a la cabina. La onda expansiva terminó de cerrar la puerta y cayeron al suelo”, relata. Tras la explosión, ordenó que se reunieran para pasar lista. Mientras buscaban una linterna, un alférez se acercó: “Señor, creo que estoy herido”. Silva le tocó la espalda, estaba mojada y caliente. “Es sangre, pensé”, dice. Consiguieron la linterna, pero, para sorpresa, no tenía nada: “Resulta que el termo con agua caliente había ido a parar arriba del alférez”, cuenta.
El avión volvió, pero ya no les pudo tirar. “Cuando veíamos que apuntaba, se acercaba a los 37 km y cortábamos la señal por cuatro o cinco minutos. Al cortar, el misil no se puede guiar y va a parar a otro lugar. Luego, veíamos la pantalla. Si el avión había dado la vuelta, dejábamos prendido”, describe.
También, Silva se lamenta por la caída de un Learjet y por el derribo del capitán García Cuerva: “Es un cargo de conciencia. Cuando llevamos al aterrizaje a García Cuerva, yo hice un análisis completo de todo lo que podía pasar. Pero me olvidé de un detalle, el miedo del primer día de combate. Lo llevamos por el corredor de helicópteros, todo tranquilo. En cuanto el Mirage empezó a sacar el tren de aterrizaje, alguien vio el movimiento, se asustó y tiró. Por eso, cuando hablo con los radaristas, siempre les digo: el primer día de combate, jamás lleven a un avión sobre la propia tropa”. En cuanto al Learjet, les había llegado la orden de que arribarían cuatro de estas aeronaves: debían llegar a cierto lugar, comunicarse con el radar y regresar al continente.

Vigilar la guerra: las misiones y hazañas de los radaristas argentinos en Malvinas. Foto: Gentileza sitio Radar Malvinas.
Cinco minutos antes, Silva dejó a su gente. Ellos insistieron en que debía ir a descansar. Mientras tanto, surgió un imprevisto. El comandante de uno de los Lear le pidió al radar “instrucciones”. El operador llamó al puesto comando (CIC) y le dijeron que le ordenara poner rumbo 090 hacia el este, con lo que se acercaba a una zona de misiles. Los radaristas tenían la orden de no discutir si el jefe no se encontraba en la cabina. El Lear avanzó unas millas hacia el este, y cuando decidió girar para irse, entró en la envolvente del misil de una fragata, que lo derribó. “Ellos podrían estar vivos. Hay otros 7 que están en la foto de los caídos de Fuerza Aérea, que deberían estar vivos, fueron los del C-130 que derribaron. Lo que hicimos mal tuvo consecuencias”, afirma, conmovido.
Fin de la guerra
“Los británicos avanzaban. Reuní a mi gente y volvimos a imaginar qué pasaría si llegara la rendición. Así que comenzamos a desarmar el radar, todo el equipo IFF y dos consolas que no usábamos, y algunas otras cosas. Por lo menos, para salvar parte de él”, relata Silva y agrega que, cuando comenzaron a llegar al continente, su jefe lo llamó: “Silva, haga caso omiso de las noticias”. “Señor, yo no leo las noticias. Yo las vivo”, cuenta que le respondió. Finalmente, hacia el fin de la guerra, fueron tomados como prisioneros: “Sabíamos cómo iba a terminar, los que no lo sabían eran los que permanecían en el continente”.
Conmovido, el comodoro reflexiona: “¿Cuándo Gran Bretaña devolvió algo? Las islas hoy son uno de los territorios más ricos del mundo. ¿Dónde pescan esos barcos que vemos en los videos? Llevan todo a las islas, donde también reparan los buques y cambian la tripulación. Les cobran tasas. El PBI es altísimo. ¿Cuándo nos las van a devolver?, cuando no quede ni el agua salada. A lo mejor, me equivoco. Malvinas solo importa el 2 de abril, el 1.º de mayo y el 14 de junio. Ese es mi sentimiento. Es triste. Yo lo sufro mucho, a cada rato me emociono. Pero tengo un problema, soy demasiado pensante”.
Fuente: Infobae
La tensa conversación entre Reagan y Thatcher
Los documentos secretos de la charla telefónica que tuvo lugar el 31 de mayo de 1982 -y aquí se transcriben palabra por palabra- revelan las distintas posiciones que había sobre el conflicto en la administración norteamericana. Y la explicación de por qué se hizo la insólita mención sobre el peronismo de izquierda en ese contexto

Ronald Reagan hablando en el escenario junto a Margaret Thatcher en 1988
El 30 de mayo de 1982, desde Londres, las noticias afirmaban que “las tropas británicas estaban anoche alineadas para el asalto final a Puerto Argentino”, pero Gran Bretaña estaba pagando un alto precio en vidas, armas y dinero. Según la Memoria de la Junta Militar, “The Observer” como “The Sunday Times” coinciden en que “el costo de la campaña del Atlántico Sur ha superado ampliamente el presupuesto inicial de 500 millones de libras. No será fácil costear los gastos producidos con la requisa de material de transporte [hacía referencia a los buques de pasajeros que trasladaron tropas]. Cada ataque argentino costó cerca de 10 millones en misiles”. También Alexander Haig había anticipado erróneamente que, a su juicio, caería Puerto Argentino en poder de los británicos para el sábado 29 de mayo, y todavía se seguía combatiendo.
“The Times”, de Londres, publicó una noticia de su corresponsal en Washington que fue puesta bajo la lupa de los militares y diplomáticos argentinos. Se decía que “el secretario de Estado, Alexander Haig, le habría pedido la renuncia a la señora Kirkpatrick, embajadora estadounidense en Naciones Unidas, después de sostener una conversación álgida de 45 minutos, por teléfono, con relación a la crisis de las islas. Se afirma que dicha representante habría dicho que el secretario de Estado y sus ayudantes son aficionados totalmente insensibles a las culturas latinas, y habría agregado: ‘Por qué no desintegramos el Departamento de Estado y dejamos al Foreign Office hacer nuestra política’, llamándolos también ‘británicos con ropas americanas’”. Todas estas informaciones y detalles estarían sobre el escritorio del presidente Reagan el 31 de mayo.
Mientras, con títulos catástrofe, todos los diarios argentinos del 31 de mayo consignaban que el portaviones “Invincible” había sufrido serios daños a manos de la Fuerza Aérea Argentina. Clarín informaba en su tapa: “El ‘Invincible’ fue seriamente averiado”, “Tropas británicas ocupan Darwin y Ganso Verde” [sic].

Párrafo de la conversación entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher
La verdad que no se contaba era que la situación en el frente militar resultaba cada día más dramática. El Informe de Operaciones 214/82, realizado por el CEOPECON y elevado al Comité Militar el 30 de mayo, relata que los británicos han “consolidado la defensa aérea en San Carlos” dotados con “un número significativo de armas antiaéreas y misilísticas”, y que “cada ataque aéreo representa un 25% de pérdidas argentinas”. En el punto 2 se hace un balance de las bajas de la aeronáutica argentina: “En el lapso del 1º al 29 de mayo de 1982 han sido destruidos cuarenta (40) aviones de combate, lo que significa el 27% de la dotación disponible de la FAA. Treinta y cinco (35) oficiales caídos en combate. Pista de Malvinas [es] inoperable”.
Las bajas en la aeronáutica motivaron un estado de tensión entre los efectivos acantonados en las bases de la Fuerza Aérea Sur. Solo así se entiende la visita que el brigadier Basilio Lami Dozo realizó el 31 de mayo a Comodoro Rivadavia. Para empeorar la situación, el Acta de Acuerdo Nº 12 del CEOPECON, de ese mismo día, decía que “se acordó en alertar el Sistema de Defensa del Litoral Marítimo ante la posibilidad de que la flota inglesa ataque el continente buscando afectar el propio poder aéreo”. En esa ocasión, Lami Dozo le dijo al periodismo que lo acompañó que el poder aéreo estaba preparado para responder los ataques del Reino Unido.
Como anticipó Kirkpatrick, el 31 de mayo, entre las 12.15 y las 12.50, estuvo con Reagan. Así lo atestigua la agenda presidencial de ese día. No fue sola; la acompañó el consejero de Seguridad, William Clark; también severo crítico de Haig. En esa reunión se perfilaron los “talking points”, los temas a desarrollar durante la conversación telefónica que habría de mantener el presidente de los Estados Unidos con la primera ministra británica. Reagan quería saber dónde estaban parados y comentarle la conversación que había mantenido con el mandatario brasileño y la situación de la propuesta del secretario general de Naciones Unidas.
Los “talking points” ofrecen, además, un detalle no menor, ya que en ellos se hace referencia a un contacto personal de Vernon Walters con el teniente general Galtieri. ¿Dónde se hizo ese contacto? ¿Fue personal o telefónico? ¿Otra visita secreta del general viajero a Buenos Aires? ¿Con quién más conversó? Esa parece ser la visita que Walters no recordaba haber realizado a Buenos Aires cuando los periodistas de Clarín lo entrevistaron para “Malvinas, la trama secreta”.
En esa visita –confirmada al autor, entre otros, por el coronel Carlos Alfredo Carpani Costa–, el “embajador fantasma” sondeó a altos jefes militares argentinos, con la mirada puesta en un posible derrocamiento de Galtieri. Uno de estos oficiales fue el general de división (RE) José Rogelio Villarreal.
El encuentro telefónico entre Reagan y Thatcher estuvo precedido por un acontecimiento adelantado por los británicos y recién reconocido por los argentinos un día antes. En el parte Nº 214/82, el CEOPECON informó al Estado Mayor Conjunto que “el 29 de mayo, siendo las 20.30, se tomó conocimiento que en el día de la fecha, aproximadamente a las 12 horas, el Regimiento de Infantería 12 habría dejado de combatir en Darwin. Bajas apreciadas, superior a 150, no se poseen otros detalles”.

Parte del Acta Secreta del 31 de mayo de 1982
Finalmente, el presidente Ronald Reagan llamó a Margaret Thatcher a última hora del 31 de mayo, en lo que habría de ser un diálogo infructuoso para el jefe de la Casa Blanca. Intentó evitar un ataque inglés a Puerto Argentino e impedir una situación humillante para la Argentina. La versión ha sido desclasificada, aunque con algunas censuras:
-Presidente: ¿Margaret?
-Thatcher: ¿Sí, Ron?
-P.: ¿Me oye bien?
-T.: Lo oigo muy bien. ¿Usted me oye a mí?
-P.: Hay un poco de eco, pero asumo que es por la línea que estamos usando. Mire, espero ansioso nuestra reunión del próximo viernes, en donde podremos hablar en detalle sobre algunas situaciones. [La reunión del viernes 4 de junio se iba a realizar en el marco de la cumbre del G7 en Versalles, Francia].
-T.: Creo que necesitamos una reunión bastante larga, no debemos precipitarnos.
-P.: Espero que así sea, aunque me impusieron una agenda que creo que me mandará a casa con unos centímetros menos de los que mido ahora.
-T.: Sí, pero creo que tiene que abordar las cosas más importantes primero.
-P.: Sí. Mire, ¿podría ser impertinente y tomarme la libertad de trasmitirle ahora mismo algunos de mis pensamientos sobre la situación de las Falklands?
-T.: Sí, por supuesto.
-P.: Porque, bueno, el impresionante avance militar de ustedes tal vez podría modificar las opciones diplomáticas, tal como nosotros las vemos, de las que dispondríamos entre hoy y el próximo viernes. Por cierto, me gustaría felicitarla por lo que usted y sus jóvenes están haciendo allá. Han corrido grandes riesgos y han demostrado al mundo que la agresión no provocada no termina bien.
-T.: Bueno, todavía no, pero estamos a mitad de camino a eso… todavía no estamos a mitad de camino, pero sí un tercio del camino.
-P.: Sí, sí, lo están. Sé que Al Haig le ha trasmitido algunas de nuestras ideas sobre cómo podríamos capitalizar el éxito que ustedes han tenido con una iniciativa diplomática, y yo apoyo el concepto de que… ¿hola?
-T.: Sí, acá estoy.
-P.: …dada la actuación de la Argentina en todo este tema, una nueva iniciativa podría no tener éxito, pero inclusive si la rechazaran, pienso que el esfuerzo para mostrar que nosotros estamos dispuestos a llegar a un acuerdo coherente con nuestros principios podría terminar con los esfuerzos de algunos izquierdistas de Sudamérica que están tratando activamente de explotar la crisis. Bueno, pensando en este plan…
-T.: (Interrumpiendo): Esta es la democracia, y es nuestra isla, y lo peor de la democracia sería si ahora no…
-P.: Sí. Bueno, esto es lo que tenía en mente, pero creemos que la única posibilidad de éxito sería antes de la captura de Puerto Stanley. Queríamos respaldo latino [americano], y conversamos con el presidente del Brasil, Figueiredo, cuando estuvo aquí; quiere ayudar, pero, conociendo a los argentinos, cree que la mejor posibilidad de una solución pacífica sería antes de una total humillación argentina. […] No sé si la Junta puede llegar a un acuerdo, pero aunque no lo hiciera, creo que usted se situaría en una posición muy favorable.
-T.: No perdí algunos de mis mejores barcos y algunas de mis mejores vidas para quedar en silencio bajo un alto el fuego sin la retirada de los argentinos.
-P.: Oh, Margaret, eso es parte de ello, tal como lo entiendo. Esta última propuesta sería ir con Brasil y nosotros y ver si pueden abandonar su plan.

Encabezado de la agenda de Reagan para su diálogo con Thatcher
-T.: Ron, no voy a entregar…
-P.: Sí.
-T.: No voy a entregar la isla ahora.
-P.: Bueno, Margaret, creo que hablamos de lo mismo, porque por lo que yo entiendo ellos se tendrían que retirar. El cese de fuego tendría que ser seguido por su retirada, y usted, su ejército, no tendría que retirarse hasta que llegara una fuerza binacional o multinacional como resguardo.
-T.: No puedo perder la vida y la sangre de nuestros soldados para finalizar entregando las islas a un contacto. No es posible.
-P.: No…
-T.: Seguramente no me estas preguntando esto Ron, después de que hemos perdido algunos de nuestros más preciados jóvenes, que después de la retirada argentina nuestra administración quede inmovilizada.
-P.: Margaret, pensé sobre esta parte de la propuesta…
-T.: Yo tuve que recorrer enormes distancias y movilizar a la mitad de mi país… yo sólo tenía que ir.
-P.: Pero parte de la propuesta, así como la entendí, era que se establecería un gobierno local y ayuntamientos locales para gobernar las islas, y ellos tendrían que retirarse rápidamente. Y la de ustedes sería una retirada gradual, después de que arribaran las fuerzas de paz que se harían cargo de la seguridad en las islas por un período limitado, y luego se llevarían adelante las negociaciones, sin ninguna condición previa. Pienso que ustedes están en una posición de superioridad suficiente como para que no queden dudas de que lo que ellos han hecho es una retirada ante la derrota. No creo que nadie haya pensado que podría ser posible una victoria. […] También me preocupa qué pasará si el actual gobierno cae por su mala actuación en todo este asunto y es remplazado por peronistas de izquierda [subrayado por el autor].
T.: El punto es este, Ron, y que sea entendido: hemos llevado la peor parte solos… hemos perdido algunos de nuestros mejores barcos, porque durante siete semanas los argentinos se negaron a tener negociaciones razonables.
Años más tarde, Thatcher comentaría que “desafortunadamente” los americanos habían intentado en ese momento reavivar una negociación diplomática. “Al Haig quería involucrar a los brasileños en un acuerdo (al contrario de lo que había planteado anteriormente) […] Hubiera sido completamente equivocado arrancar una derrota diplomática de las fauces de la victoria militar, como tuve que decirle al presidente Reagan cuando me llamó a altas horas de la noche el lunes 31 de mayo.
No resultó muy satisfactorio para ninguno de los dos que no se me hubiera dado ningún aviso previo de lo que me iba a decir, y en consecuencia, puede que mi actitud fuera más contundente que amistosa”. Como hemos observado, con el paso de los años se puede ver que Haig no estaba comprometido con la llamada telefónica, sino los influyentes Clark y Kirkpatrick. Asimismo, lo dice la primera ministra en sus memorias “Los años de Downing Street”, también pesó el consejo del presidente brasileño.

Cable del embajador argentino en ONU del 1° de junio de 1982
En su libro “Una vida americana”, Ronald Reagan hizo un comentario sobre esa conversación: “Ella me dijo que ya se habían perdido demasiadas vidas de Gran Bretaña, y no se podía retirar sin una victoria total, y me convenció. Entendí lo que quería decir”. Lo que no dijo el presidente es que esa conversación generó una fisura en la relación “especial” que mantenían. Reagan dio muestras de tener una visión diferente del problema en esas horas, olvidándose de aquella consigna que los unía, pronunciada por Margaret Thatcher en su primer contacto personal en Washington con el mandatario norteamericano: “Sus problemas serán nuestros problemas”.
Al parecer, cuando uno escucha el audio de esa conversación, Reagan aparece dubitativo, tembloroso. Tanto es así que un miembro del Consejo de Seguridad Nacional, presente en la ocasión (no puede ser otro que William Clark o Roger Fontaine), con sarcasmo, dijo: “Sonó más débil que Jimmy Carter”. Para el pensamiento conservador estadounidense de la época, ese comentario era agraviante.
Los intrascendentes peronistas de izquierda
Del diálogo entre los dos mandatarios surgen dos observaciones. La primera es que los amigos norteamericanos de los argentinos, y adversarios de Alexander Haig –Jeane Kirkpatrick; William Clark; el presidente del Brasil; el senador Jesse Helms y otros–, habían logrado que Ronald Reagan considerara la posibilidad de una nueva gestión diplomática de los EE.UU. que impidiera el choque militar y la humillación a la Argentina. A su vez, el presidente Figueiredo temía que la derrota castrense argentina desestabilizara el Cono Sur. Visiones parecidas tenían Augusto Pinochet (Chile), Alfredo Stroessner (Paraguay) y Gregorio Álvarez (Uruguay).
La segunda mirada permite tener una clara visión de lo mal informado que estaba el presidente de los Estados Unidos. Imaginar que, ante la derrota del gobierno de Galtieri, pudieran encaramarse en el poder “peronistas de izquierda” era no saber qué ocurría en la Argentina. En 1982, no había “peronistas de izquierda”, simplemente porque Juan Domingo Perón los había expulsado en 1974. Ese sector “infiltrado” en el peronismo –a cuyos integrantes el ex presidente denominaba “simuladores”– había dejado de tener vigencia y se había refugiado en el Partido Auténtico, que electoralmente no significaba nada, como se vio en las elecciones de Misiones del 13 de abril de 1975, durante el mandato de la viuda de Perón.
En todo caso, a comienzos de los ochenta, dentro del peronismo tenía actividad el Movimiento de Intransigencia y Movilización, encabezado por Vicente Leónidas Saadi, que tampoco tenía mayores posibilidades de una figuración destacada en eventuales comicios. Ese ex peronismo “infiltrado” –por decirlo así– en todo caso estaba refugiado en Cuba, o en el exilio y en la clandestinidad. Habían sido derrotados militarmente.
El peronismo de ese momento tenía a “Isabel” en Madrid; en la Argentina la conducción descansaba en las manos del ex senador chaqueño Deolindo Felipe Bittel, su “columna vertebral”, el sindicalismo, la lideraba el metalúrgico Lorenzo Miguel. Todos, un año más tarde, serían derrotados por Raúl Ricardo Alfonsín en las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1983.
Pero hay una explicación. En la última edición de “Malvinas, la trama secreta”, figura un nuevo documento que ayudaría a imaginar y entender por qué el presidente Reagan y Alexander Haig se podían preocupar por los “peronistas de izquierda”. Se considera un documento interno del gobierno norteamericano –generado por Luigi Einaudi (funcionario del Departamento de Estado) y Norman Bailey (asistente especial en cuestiones de Seguridad Nacional y miembro del Consejo Nacional de Seguridad) – en el que se habla de un golpe militar que eliminaría a oficiales de alta graduación y haría un acuerdo con sectores de la izquierda, incluido el Partido Comunista, con una importante gravitación de la oficialidad joven del Ejército. La fuente de tal especulación era el periodista británico Christopher Roper, quien se había puesto en comunicación con los estadounidenses, luego de tomar contacto con “viejos amigo peronistas” en París. Esos viejos amigos no eran otros que cuadros disgregados de Montoneros con los que Roper tenía una historia en común.
Este fue corresponsal de la agencia Reuter en los sesenta y le tocó cubrir el fusilamiento de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia (1967). Luego, con el tiempo, conoció a importantes miembros de Montoneros, y era considerado “el amigo británico” dentro de la organización. Por si todo esto no alcanzara para desentrañar las “fuentes” del Departamento de Estado, es necesario recordar un párrafo de un informe del dirigente montonero Norberto Habberger, escrito tras ser detenido en Río de Janeiro en 1978, donde se señala a Fernando Vaca Narvaja como “principal protagonista” en la “política de conversaciones con el Departamento de Estado”.
Esta información sustentada por los dos funcionarios norteamericanos fue enviada a las embajadas de los Estados Unidos en Buenos Aires, París, Londres y Naciones Unidas. Tras Malvinas, sus autores mantuvieron vigencia: Luigi R. Einaudi fue secretario general interino de la OEA en 2004. Norman Bailey, tras los años, se transformó en “lobbista” y facilitó la entrada en Washington del canciller de Fernando de la Rúa, y en agosto de 2001 organizó el viaje del senador Eduardo Alberto Duhalde a los Estados Unidos.
Bombardeos británicos en Puerto Argentino y combate en Top Malo House

31 de mayo de 1982. Las posiciones defensivas se consolidaron en el área de Puerto Argentino, mientras el sistema de defensa aérea continuaba con su lucha. Sin embargo, entre las 04:30 y las 05:40 hs comenzó un bombardeo sobre la BAM Malvinas, donde un avión Vulcan británico lanzó dos misiles antiradar Shrike sobre un radar TPS-43, dañando el equipo. Gracias a los operadores del Escuadrón de Vigilancia y Control Aeroespacial la destrucción total fue evitada por haber apagado los equipos a tiempo y sin dejar heridos, ya que uno de los misiles impactó en casas de soldados y personal militar. El radar quedó fuera de servicio, con las bocinas y el batán de combustible perforados por esquirlas. El equipo fue luego reparado y funcionó hasta el último día de la guerra.

Dos nuevos ataques azotaron Puerto Argentino entre las 12:03 y las 14:30 de la tarde. El primero a cargo de cuatro Harrier GR 3 en vuelo rasante, el cual se estima que la artillería antiaérea (AAe) averió y no logró llegar al buque. El segundo ataque fue en altura, pero dirigido hacia el aeródromo, cuando dos bombas estallaron cerca de Cortley Hill y otras dos al norte de cabecera 26.
En búsqueda de incrementar el abastecimiento a las islas, hacia la noche dos Hércules C-130 aterrizan en Puerto Argentino transportando misiles Exocet MM 38 junto a sus lanzadores y sistemas complementarios. El objetivo era utilizarlos para atacar naves británicas, lo cual sucede hacia la noche.
Frente: Top Malo House
Luego de la batalla en Pradera del Ganso y la captura consolidada de Darwin, los británicos comenzaron a avanzar hacia el este por dos avenidas. Lo hacían a pie, acompañados del helitransporte como sostén logístico. La presión que ejercían sobre las posiciones argentinas era notable, principalmente mediante ataques aéreos y cañoneo naval nocturno, y así fue la noche del aquel 31 de mayo en las cercanías del monte Simón.
Un grupo de efectivos de la Compañía de Comandos 602, compuesta por 16 soldados, descendieron de un helicóptero en el rocoso desierto situado hacia el Este de las Malvinas. El objetivo era el de instalar un puesto de observación para reconocer los movimientos de las tropas inglesas que ya habían desembarcado en San Carlos, apostándose en la cresta del monte. Luego de horas de marcha decidieron buscar refugio, instalándose en una granja abandonada al otro lado del arroyo Malo, denominada Top Malo House. En el lugar divisaron helicópteros CH.47 Chinook de las fuerzas británicas transportando artillería y suministros para las tropas que avanzaban hacia Puerto Argentino, intentando comunicar los movimientos (hecho que se vio interrumpido por las interferencias). Lo que los argentinos desconocían es que a 15 kilómetros de allí se encontraba el puesto de comando del general de brigada inglés Julian Thompson.

Representación del combate en Top Malo House por David Pentland.
La tropa británica que los argentinos divisaron era una unidad de élite que formaba parte del grupo de la Royal Marines, Mountain and Arctic Warfare Cadre. Era un gran número de marines los que desembarcaron de un Sea King a 1,5 kilómetros de Top Malo House. La tarea que debían efectuar consistía en eliminar la posición de los argentinos, ya fuera a través de largos tiroteos o no. Siguiendo las instrucciones en medio de la fría y nevada noche, el grupo se dividió en dos secciones: una de apoyo de fuego (que contaba con seis hombres con fusiles de francotirador L42, dos fusiles de combate semiautomáticos L1A1 y cohetes M72 LAW de 66 mm) y una de asalto (que llevaban LAWs, lanzagranadas M79 y fusiles automáticos). El poder de fuego era claramente superior al de los argentinos.

Uno de los integrantes de la Compañía de Comandos 602, el teniente Ernesto Emilio Espinosa, fue quien descubrió el avance de los británicos hacia la casa abandonada, advirtiendo al resto y abriendo fuego contra el enemigo. Los británicos comenzaron su ataque sobre la débil estructura en manos de cuatro cohetes de 66 cm, incendiando el techo del edificio. A los cohetes lo acompañaron los disparos de armas automáticas que atravesaban la casa de lado a lado. El accionar de Espinosa fue clave en este combate, ya que quedó cubriendo la salida del resto de los soldados y murió minutos después cuando una granada enemiga ingresó por la ventana, acabando con su vida. De manera similar ocurrió con el sargento Mateo Antonio Sbert, quien heroicamente cubrió la retirada de sus camaradas y falleció en el momento.
Según diversos relatos del grupo británico, principalmente del veterano Sargento Derek Wilson, los soldados argentinos compensaron ciertas falencias con su coraje y arrojo. En una ocasión, afirmó que no es cierto que los argentinos huyeron, sino que salieron de la casa y pelearon con sus armas. Tal es así que dos infantes de marina británicos fueron heridos gravemente. Como resultado del pequeño combate, 10 soldados argentinos fueron capturados y cuatro de ellos gravemente heridos. Pese a la derrota que enfrentó la tropa argentina, fue uno de los pequeños combates más significativos dentro de la guerra de Malvinas.

Ruinas actuales de Top Malo House. Créditos de la foto: Defensa y Seguridad
Fuente: https://www.zona-militar.com/
El combate de Top Malo House

Apenas transcurridos unos días de su arribo a las islas, la Compañía de Comandos 602 debería entrar en acción. La Primera Sección bajo el mando del Capitán José Vercesi tendría a cargo la ejecución de una misión de exploración para lo cual deberían ser infiltrados por medio de helicópteros Bell UH-1H en la zona del monte Simón. La sección debería recabar información de la presencia y actividad enemiga, teniendo previsto que su recuperación se realizaría tres días después. Los integrantes de la patrulla serían el Capitán Vercesi, los Tenientes Ernesto Espinosa y Daniel Martínez, los Tenientes primero Juan José Gatti, Luis Alberto Brun y Horacio Losito, los Sargentos primero Mateo Sbert, Humberto Omar Medina, Miguel Angel Castillo, Faustino Pedrozo y Juan Carlos Helguero, el Sargento Carlos Bruno Delgadillo y el Cabo Raúl Valdivieso.


La Compañía de Comandos 602 previo a su cruce a Malvinas
Una vez en el terreno, los Comandos experimentaron las complicaciones y exigencias que demandaba la geografía malvinense a la hora de realizar la aproximación hacia el monte Simón, elevación donde establecerían su puesto de observación luego de un demandante ascenso que los llevó cerca de la cumbre. Pasadas unas horas luego de haber ocupado posición, los Comandos pudieron tomar contacto con la actividad del enemigo, la cual se materializó en la forma de un corredor aéreo proveniente de San Carlos. La sección pudo apreciar como los distintos helicópteros realizaban transporte de carga desde la cabeza de playa hasta las proximidades del monte Kent.
Pese a los intentos de la sección, no se pudo establecer enlace radial para informar las novedades a Puerto Argentino. Sin embargo, horas mas tarde, el Sargento Primero Mateo Sbert lograría establecer contacto y transmitir el mensaje en código a un helicóptero que estaba replegando personal de la zona de Big Mountain. Con la noche llegaría una intensa nevada, acompañado de un frío que caló hasta los huesos a los Comandos. La mañana siguiente, la sección inició el repliegue, emprendiendo la marcha con dirección a Fitz Roy, lugar donde se encontraba una unidad de ingenieros que podría facilitar la comunicación con la capital malvinense.

Comandos e ingenieros en el puente Fitz Roy. La posición argentina era una de las opciones para reestablecer el contacto
Una vez más, la turba y los ríos de piedra ralentizaban la marcha, a lo que se sumaría una llovizna y la amenaza de una nueva tormenta de nieve. La situación empeoró cuando debieron vadear las heladas aguas del arroyo Malo, por lo que Brun y Helguero (con experiencia antártica) indicaron al Capitán Vercesi que las posibilidades de supervivencia eran muy acotadas atento la situación en la cual se encontraban a causa del agotamiento y de la lluvia, cuadro que resultaba aún más comprometedor si se debía hacer frente a una nueva tormenta. El Jefe de la Sección, evaluando la situación en la cual se encontraban los integrantes de la patrulla, debería tomar la difícil decisión de exponer a los Comandos a las inclemencias climatológicas o guarecerse en la cabaña. Ambas opciones presentaban riesgos, sin embargo, se optó por buscar refugio, decisión tomada con la anuencia de todos los integrantes de la patrulla.
Finalmente, los Comandos pudieron darse un respiro al ingresar a la construcción abandonada de Top Malo House. Pese a la sensación de seguridad ante ante las severas condiciones meteorológicas, varios de los integrantes de la sección mantenían un estado de intranquilidad, sabiendo que al ocupar la casa quedaban vulnerables, exponiéndose a una posible acción enemiga. Y estaban en lo cierto. La actividad de la patrulla argentina había sido detectada por fuerzas de operaciones especiales británicas, las cuales transmitieron la novedad de la presencia argentina. La decisión estaba tomada, y la misma era dejar fuera de combate a la patrulla de Comandos. Para esta misión, se alistó un equipo de Royal Marines pertenecientes al British Mountain and Arctic Warfare cadre.
Las primeras luces del alba encontraron a los Comandos alistándose para partir, sin embargo, el sonido de un helicóptero los alertó. Fue el Teniente Espinosa el primero en divisar la presencia de tropas enemigas, abriendo fuego desde el piso superior. Inmediatamente, el enemigo respondió con fuego de fusil, lanzagranadas de 40mm y cohetes anti-tanque. Se iniciaría un breve pero feroz combate en el cual los Comandos argentinos lograrían abandonar la cabaña pese al intenso fuego enemigo, acción en la cual lamentablemente se sufrirían bajas. En una posición más que desfavorable, el ímpetu y arrojo de los Comandos sería un factor determinante que impediría el aferramiento y destrucción de la patrulla dentro de la cabaña.
Sufriendo las acciones del combate y a la vez infringiéndoles bajas al enemigo, la posición de los Comandos se tornaba cada vez más difícil de sostener con el paso de los minutos, ya que se combatía desde posiciones expuestas, por lo muchos de ellos ya habían sufrido algún tipo de herida. Apreciando la situación, el Jefe de la Sección no tuvo mas opción que ordenar la rendición, pese a que algunos integrantes de la patrulla seguían combatiendo. Una vez finalizado el enfrentamiento, los Comandos atenderían a sus heridos, lamentándose profundamente la pérdida de sus camarada caídos: El Teniente Ernesto Espinosa y el Sargento Primero Mateo Sbert.


Fuente: https://www.zona-militar.com/
Comunicados del Estado Mayor Conjunto
Comunicado n° 113: El Estado Mayor Conjunto comunica que durante la noche del 30 al 31 de mayo de 1982, aviones de la Fuerza Aérea Argentina bombardearon objetivos terrestres en las zonas de San Carlos, Darwin y Ganso Verde.
Comunicados de Gran Bretaña
Inglaterra, Mayo 31, nº 101: El Ministerio de Defensa confirma informes sobre enfrentamientos entre fuerzas británicas y argentinas en el área de Mount Kent. No estamos preparados para comentar en forma más extensa sobre ningún aspecto de las operaciones en tierra.
Aviones británicos atacaron nuevamente el aeropuerto de Puerto Stanley e instalaciones militares anexas. Se cree haber dañado cierto número de aviones ligeros argentinos.
También podemos confirmar que el buque de transporte Atlantic Conveyor, dañado por un ataque aéreo argentino, se ha hundido.
Todavía aguardamos detalles más completos sobre bajas argentinas en las operaciones en Darwin y Goose Green, pero hay indicios de que son bastante más elevadas que las británicas.
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